Los 100 años de Asunción



Decía el escritor irlandés Oscar Wilde: “Hay que simpatizar siempre con la alegría de la vida. Cuanto menos se hable de las llagas de la vida, mejor”.
Pero en cien años, las llagas no se olvidan.

Cuando uno llega para poder contarlo, lo primero y lo último que recuerda son las penalidades, los dolores, la ausencia de todo lo que ansiamos, los amores que no pudieron ser, la lucha titánica contra los elementos en un pueblo salvaje que ni Palencia sabía que era suyo.

Herreruela de Castillería es uno de los últimos pueblos de la sierra, limitando con Barruelo y Brañosera, y sólo la aventura diaria de acarrear los cubos de agua hasta las viviendas por unas cuestas empinadas, debió ser ya, imagínense ustedes, un calvario en verano y una misión casi imposible en invierno, cuando los neveros apenas dejaban ver las casas.

Allí nació un quince de agosto Asunción Cuevas Liébana, hermana de cinco hermanos: Fernando y Dorotea, que recalan en Bilbao; Albino, que inundado Villanueva de Vañes por el pantano Requejada llega a Cervera de Pisuerga y abre el Restaurante “El Resbalón”; Engracia, fallecida prematuramente y Vicenta, que compartirá con ella la vida en aquel pueblo.

La vida es dura para todos. Siempre. Pero imagínense un pueblo colgado en una ladera donde el agua que se bebe y el agua que sirve para lavarse, procede del río al que uno llega dando tumbos, poner el puchero a la lumbre, llevar la comida a los segadores, trillar, acarrear los frutos por caminos cerrados, hacer la matanza, preparar las cubas de vino para el invierno, y así meses y meses, años y años viendo pasar los días sin noticias de fuera.

El escenario donde voy recabando el resumen de una vida, es una pequeña cocina, mientras tres de sus hijas van desliando a saltos algo de lo que vieron, algo de lo que les contaron, lo que su propia madre les participó sobre el secreto para no llegar calvos a esta edad.

Bajar con el burro a la villa cercana para cambiar el azúcar por tocino, dormir a los pies de la señora de Cervera donde cosió aquellos dos inviernos y acudir con su padre a ofrendar por Santana a Polentinos. Y no hay misterio alguno.
“Venir de abonar las tierras, soltar las vacas y parir”. Como si parir fuera tarea añadida y fácil. Si se ponían enfermos los hijos bajar andando hasta San Salvador, por montes y cañadas.
Dado su carácter apacible –lo que no todos sus hijos firman– sus padres decidieron que Asunción sería su salvaguarda. “Mira, Asunción, eres tú la elegida”.
“Vale más tener hijos que enviudar” –le decían. Y cuando se moría un hijo (once que no llegaron o que no pudieron superar las pestes de la época), le consolaban:
“Mira hija, llora por los que te quedan, no llores por los que se te van, porque cada uno que se va, una silla que te prepara a ti en el cielo”.
Las hijas se tronchan recordando la escena, cuando iban todas a las fiestas con medias negras, y como sólo tenían un par y estaban ya ajadas por el uso, las embetunaban.

Y cuánto se aprende de cien años de vida. Y cuánto se aprende después de tantas cuestas como subieron aquellas piernas. No hay universidad más sabia.

Que siga tomando chocolate. Sáquenle al patio, que contemple la vega y atizenle la lumbre.

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