Broco

Un intelectual, Manuel Broco Barredo, escribe acerca de los mineros de Asturias, en una pequeña e interesante revista que edita el grupo madrileño Cero. ¿Qué le está permitido desear a un minero de Mieres? -se pregunta. Todos los mineros, los de Palencia también, se preguntan muchas veces por su vida, por su futuro, cuando las minas cierran, condenados como están a eso que llaman silicosis.




Mi amigo Vega Antuña, que contaba historias de la nieve en aquel famoso «Cimbalillo», y que regentó el economato de las minas en San Salvador, además de llevar la gestión de las de Castrejón de la Peña, sabe mucho de lo que pasa fuera de la bocamina. Por su parte, Lorenzo, el del Campo, un picador de primera retirado por respirar en las cavernas de la "Eugenia", sabe todo lo que pasa dentro.

La Montaña Palentina se ha llenado de luto muchas veces. Ha muerto mucha gente en situaciones confusas, trabajando en condiciones infrahumanas, boquetes laterales por donde justo entra el cuerpo y la herramienta. Se cava de rodillas o tumbado y no hay seguridad que valga. Algunos jóvenes, en los últimos años, han hechos de tripas corazón y se han ido galería adentro, como hicieron sus padres, tal vez para seguir viviendo. No saben, ni se imaginan, que eso que llaman silicosis les ha comido los pulmones y ya no queda aire bastante para ellos en el mundo. No en vano, he visto la agonía de Vidal, padre de mis amigos, y la de Pepe; viví de cerca, siendo corresponsal del desaparecido «Noticias de Palencia» la noticia de la muerte del picador de 24 años, Ramón Otaola; estaba allí cuando me comunicaron la de Julio Torres, unos años después, la de Vicente, y la de su hermano, y la de tantos otros que lo dieron todo por la mina y en ella encontraron el pago más injusto.

Es ley de vida. Los mineros de Palencia saben muy bien la historia: la de dentro y la de fuera.

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