CERVERA, POLENTINOS, PERNÍA Y CASTILLERÍA, Froilán de Lózar (3ª Edición)

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14 de junio de 1993

Carracedo: El anuncio de una despoblación

Lo que se viene constatando desde hace ya dos décadas, aquello de lo que hablan los sociólogos cada vez con más frecuencia, lo que nosotros aventuramos a la vista del censo actual es ya un hecho evidente. Alguien lo hizo romance muchos años atrás, tomando el narrador el cuerpo de un vieja y describiendo a través de ella toponimia y costumbres de nuestros antepasados.






Hace pocos meses, cuando mi padre, que conoce palmo a palmo estos pueblos, me contaba las personas que han quedado en cada uno de ellos, la sensación de tristeza se apoderaba de mi alma. Es algo consanguíneo que ya he tratado de apagar en varias ocasiones, pero que no he podido. Tan fuerte es la atracción, tan profundo es el sentimiento, que así se explica este cuaderno de montaña, abierto desde lugares tan distantes, hablando de olvidos que a mí ya no me implican, ni me sacuden y que, a pesar de las grandes lagunas y los conatos de recelo que sé que existen, sigo surcando, no sé por cuántos folios más, como una historia que sin querer comparto y necesito.

Carracedo es un parque natural reducido, que disfruta Cervera -luego entenderemos por qué- situado entre Polentinos y San Salvador, dejando al Occidcnte Estalaya y Verdeña. Tierra que dicen, estuvo habitada por bravas y altaneras gentes. En el siglo XIV se hizo un libro donde se asientan por merindades todas las behetrías con las que cuenta entonces Castilla. Era Don Tello de Carracedo, Infante bastardo, señor asimismo de Verdeña, y a quien por ello pagaban infurción y martiniega. Nadie sabe cómo, en realidad, el pueblo se fue quedando solo. Esto ocurrió, según el narrador, hacia el año 1400, puesto que en el siglo. XV hay escritos que revelan que sobre este despoblado había litis-pendencias.

Hasta que llegó el momento en que sólo quedó una vieja, como en Foncebalón. El mentor de este episodio político-geográfico no precisa si era viuda, casada o soltera, sólo que pasaba ya de ochenta, que usaba corpiño y basquiña negra, refajo de colorcilla, tocas blancas y calcetas y de calzado escarpines y albarcas, además de mantera, dengue y justillo.

La anciana asiste desolada al espectáculo de la despoblación. En este punto podemos entretenernos con una serie de términos que ahora mismo nos acompañan. Si por norma general nadie vuelve a los pueblos, si apenas se celebran bodas o los nacimientos son escasos, y si las personas por ley de vida o de destino van muriendo, a la vuelta de unos años, muchos pueblo habrán desaparecido, salvo que una política diferente o un fenómeno de repoblación que ahora mismo no se contempla, vengan a cambiar esta condena. Apoyada en fuerte palo -dice el cantar- se dirige hacia Verdeña, rememorando lo que atrás deja, y lo que fuera el pueblo donde viviera tantos años. Pasa el Pisuerga, junto al Prado del Esgovio y después de rezar en la ermita de Santa Ana sigue camino hacia las Concejadas. Matías Barrio y Mier [1] describió con todo lujo de detalles los lugares por los que pasaba: Venta Morena, Vallabar, Quintana, Peña Horadada, Matillalera, Pozalgato..., algunos posiblemente desconocidos hoy por sus actuales moradores. Verdeña es un precioso pueblo de la Castillería, donde la reciben con la hospitalidad que caracteriza a estas gentes, hasta que, cansada de sopas de centeno a la cazuela, torreznos y arvejas blancas, emprende el camino de Estalaya donde por miedo, por recelo es rechazada. Sube el Vallegón, llega a Rabanal y después de contemplar picos y peñas, pueblos y vegas, entra por fin en Cervera un día de mercado. Hace unos años, un vecino de Camasobres me contaba una curiosa anécdota. Dice que una mujer del pueblo acudió a una boda que se celebraba en Aguilar, y al entrar en la villa exclamó: ¡Dios mío!, ¡Qué grandísimu es el mundu, que llega hasta Aguilar y más allá! ... Lo mismo dicen que le ocurrió a la vieja, al ver la animación y el bullicio reinante en Cervera de Pisuerga. Sea como fuere, lo cierto es que después de mucho andar, le abrieron una puerta y con miras a heredar lo que parecía ser patrimonio de la vieja, esta pactó con la Juslicia ciertas condiciones a cambio del hospedaje. Lo que Verdeña había dado por amor, Cervera lo entregaba por el interés. 

La leyenda nos mete un poco en el camino de las desavenencias para explicar la existencia de numerosa fauna y flora, toponimia y descripciones que aún hoy día permanecen ignoradas por la gran mayoría. ¿Envenenaron a la vieja? ¿Le indujeron a mandar el terreno a Cervera, castigando sin un palmo a Estalaya por su torpeza? Aunque, dicen que a Estalaya fueron a parar las campanas de su iglesia y a Verdeña las pilas de agua bendita.

Tal vez no fuera abuso, salgamos un momento de la historia. Cervera de Pisuerga sigue teniendo hoy en Carracedo su cabaña y restos de una mina de mármol donde trabajaron los hombres del contorno. Costumbres que fueron, lugares que pisamos, viejas cuentas en las que ya se mencionaba el asunto ese de la despoblación que ahora mismo nos ocupa.


[1] @Froilán de Lózar es autor de una extensa biografía sobre Matías Barrio y Mier, publicada en 2008 por la Institución Tello Téllez de Meneses. Allí se explican esta y otras leyendas. 

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9 de junio de 1993

Desde abajo con fuerza

En este país de variedades, no podía faltar el maleficio. La Montaña Palentina ha dado sobradas muestras de ocultismo a primeros de siglo, cuando su población alcanzó techo. Quienes somos felices reproduciendo historias, o aquellos que viven de contarlas, tenemos motivos para creer en lo fantástico, para detenernos en preguntas e, incluso, para dudar muchas veces sobre la necesidad de publicarlas.




Es obvio que todo ayuda a conocer mejor el engranaje de la vida en estas comarcas. Si ahora mismo, en 1993, nos limitásemos a contar lo que vemos, lo que se palpa en el ambiente de estos núcleos, nos ahogaría el pesimismo. Es cierto que uno debe situarse siempre en lo más escabroso, debe exagerar la situación real. Por ejemplo: la población rural se muere o, los pueblos se acaban. Y a partir de ahí comenzar a situarse en la verdad. Tenemos una línea de autobuses, tenemos las calles asfaltadas, tenemos Matadero Municipal, tenemos, en fin, ganas tremendas de mejorar...

Algo se mueve, lentamente. Salinas de Pisuerga tiene ayuntamiento nuevo; San Salvador de Cantamuda, desde donde se rige la comarca perniana, lo está llevando al centro del pueblo, también nuevo. Hace sólo veinte años eran llamados los vecinos a huebra para palear la nieve, lo que ahora mismo evita la máquina que en su día adquirió el ayuntamiento.

Una familia optimista ha levantado un hotel en Triollo. Son pequeños pasos, dados en muchas ocasiones a ciegas, con escasos medios, con recursos humanos limitados. Eso no va a impedir que los pueblos sigan cayendo. hasta quedar reducidos a dos o tres vecinos, como en Los Llazos, Casavegas, Verdeña, San Felices o Rebanal de las Llantas... Son pasos dados a caballo de la necesidad. Cualquier fórmula es buena aunque después no sirva al efecto para el que fue creada. Cualquier momento es hermoso en estos lugares, a pesar de todo el sufrimiento que se arrastre, de la angustia que el silencio provoque. Situándonos en la misma intemperie y mirando hacia adelante, hacia la vida de aquellos familiares y vecinos que como nosotros se recrean y sufren por parecidas situaciones, no cabe duda que encontraremos la salida, una salida.

Del exterior va a venir poco, si acaso, estemos vigilantes para que no nos quiten lo que hemos logrado a base de sacrificio. Se trata de la vida de muchos pueblos que, frente a las numerosas cantidades de olvido que soportan, como hormigas se arman de paciencia y van tejiendo su capa protectora.

También debo decirlo. Al menos lo concibo así en este momento. ¿Qué clase de lucha les vamos a pedir a los ancianos? ¿Qué métodos pacíficos van a cambiar la postura de unas autoridades castellanas tan lejos de estas tierras? ¿Cuántos jóvenes se requieren para que sus gritos de auxilio hagan volver la cara a quienes rigen los destinos del pueblo?.

Pero compruebo, repasando este artículo, que me he alejado de la historia de maleficio que me había propuesto. Otro día se lo cuento.


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11 de mayo de 1993

En este tiempo de promesas

¡Cómo pasa el tiempo! Han pasado 18 años desde que se publicaron estas letras y lo subscribo casi todo. He leído recientemente que la Diputación de León invertirá 300 millones para conservar la Montaña. Me pregunto si será verdad y hasta qué punto van a emerger de su estado actual las reservas de Mampodre y Riaño, o el Parque Nacional de Covadonga.
Pero el interrogante me sirve para ponernos como ejemplo: ¿Qué va a pasar con nuestra montaña? ¿De qué modo va a actuar nuestra Diputación para que se dignifique su entorno y cobre sentido la vida en estos lugares?






Ahora es tiempo de elecciones y crecen las posibilidades. Algún slogan milagroso bailará en la memoria de los diferentes partidos. Una cosa sí es verdad y sería necesario que no olvidase nadie: la Constitución es de todos y no se puede postergar ni un minuto más un proyecto serio que devuelva la tranquilidad a quienes aquí viven durante todo el año. Se ha hablado -me llega el eco- del término «Denominación de Origen». Zamora lo ha conseguido con el queso. En Tresviso (Cantabria) una mujer ha ganado en dos ocasiones la Feria Internacional del queso de Barcelona, y es posible que a través del conocimiento y la profundización en las zonas rurales se consiga -se esté consiguiendo ya en muchos lugares- el primer paso de una salida que parece necesaria, aunque nadie se pronuncie al respecto.

Ahora que se pone en entredicho el proyecto de un inmenso pantano en Pineda. Ahora que parece resurgir por todas partes un «profundo amor» por la Naturaleza. Ahora que el turismo, aquí, está alcalzando cotas impensables, sería conveniente que nuestros pueblos se pronunciaran, que los alcaldes se movilizasen y que los prometedores de turno se lanzasen con el convencimiento suficiente a reponer todas aquellas estructuras que son la base del mantenimiento de nuestros núcleos. Y no estoy mirando a nadie. Veo lógico que los restantes pueblos defiendan sus postulados, aboguen por el cumplimiento de sus deseos, pero que nadie se equivoque, que nadie margine a la montaña, que se dote a los pueblos de todos los instrumentos necesarios, que nadie diga «no se puede». ¿Es que sólo a través de parques naturales y «cuchufletas» van ustedes a cuidar la Tierra que ahora mismo relegan en cuanto a presupuestos se refiere? Tampoco les están pidiendo trescientos millones para hacer un «Parador de Invierno», ya queda para muestra «El Golobar», en Brañosera. Lo que se pide es básico, es fundamental. Lo hemos repetido hasta la saciedad.

Quienes demandan un pantano, deben también conocer las carestías que en materias como la sanidad, la educación, o el mismo invierno se padecen en la zona. ¿Qué puede esperar el que no da nada? También los pueblos de pocos habitantes necesitan ayuda. A ver qué ofrecen hoy los que nos convocan a hacerlos regidores de esta Tierra. A ver qué dan mañana.


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4 de mayo de 1993

Carta Puebla

Castilla, tal y como nos lo cuentan, tiene en Brañosera el primer pueblo instituido como tal. Siempre que nos hemos referido a este rincón lo hemos hecho mencionando su Ayuntamiento, el primero de España. El diploma donde así constaba se ha perdido y a lo sumo, sabemos, que hasta el siglo XVIII se localizaba en San Pedro de Arlanza, y allí lo copió un benedictino de Silos.




Vuelvo a encontrarme con Munio, el de Brañosera, junto a la Peña Rubia, en la Sierra de Hijar. Por Herreruela de Castillería, atravieso el Sestilón y me dirijo al Cueto, a la zaga de mi mentor Felipe Llorente. Después de atravesar el Sendero del Caño, nos abrazamos y él vuelve al pueblo, y yo al encuentro del Conde. Voy buscando el documento. Una señal que verifique aquella historia que sabemos porque nos han ido transmitiendo. El Conde me dicen que está triste estos días porque arrastra sobre el nacimiento de tan importante noticia, el peso de la muerte de un oso pardo alpino. Los ecologistas le han hablado con bastante dureza, ignorando lo que hasta ayer fuera noticia de primera página.

Ya diviso Barruelo, una cuenca que conoció su mayor esplendor -dicen las lenguas- por el tropezón afortunado de un caballo. Lo cierto es que, allí estaba el Conde Munio, que anduvo de poblado en poblado de la mano de Argilo, buscando el cielo y la merced, y nos dejó a Valero, Fénix, Zonio, Cristóbal y Cervelo para poblarle. Seguramente que, ante aquella carta-testamento, los hijos, regocijados en principio por saberse herederos universales de montes, ríos, fuentes, frutos y valles, comienzan a dividirse el territorio.

A Valero le tocó Vadinia, situado en las laderas que se inclinan hacia el arroyo de mediodía. Lo de Vadinia lo sé por el libro de «La Braña», donde se cita a García Guinea que basa la existencia del lugar por algunos fragmentos hallados de «terra sigillata». Y así, trato de adivinar, cómo se reparten los demás La Pedrosa, con su casa de campo; Covarrés, en las estribaciones de Valdecebollas, Pamporquero, Valberzoso y Peña Rubia.

Su padre les deja escrito allí, que sólo paguen el tributo que deben al Conde que estuviere en el Reino. Buena medida, siendo muchos, para que generase riqueza la comarca del Rubagón. Ahora sólo nos queda de su legado, un monte lastimado por especuladores sin escrúpulos y una raza en peligro. Munio Núñez dijo que si alguna vez alguien se burlase de ellos, dentro de los términos de la Villa de Braña-Osaria, pague tres libras de oro.

Si el mandamiento se hubiera cumplido, sus calles estarían empedradas del preciado elemento.
Para la sección "Cuaderno de Montaña", del Norte de Castilla, 4 de Mayo de 1993



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8 de abril de 1993

Bella y bestia son

Fue un presentimiento. Me rondaba en la cabeza una especie de trama que sirviera al efecto de cuanto yo vengo anotando en este viejo cuaderno de montaña. Nadie puede negar, después de pasar por esta tierra, que aquí la belleza está en el límite, en lo más alto, en la expresión máxima.



Hace unos días me encontré con un argentino que venía de Briviesca de visitar a su familia. «España está bien -me dijo- pero no he visto nada tan bello como Argentina». Si yo escribiera en un medio de comunicación de otra provincia, o en otra revista, no me plantearía, sin duda, convencer a nadie de ese límite con el que hoy me enfrento a ustedes. Aquí está la Bella. Existe. Es una franja larga que toca muchas tierras: ruta del agua, ruta del cordero... en resumen, exquisito manjar defenestrado. La Bestia es la capital. Allí se encierra un mundo que conoce nuestras cuitas, que puede hacernos un poco más felices, pero que constantemente se está alejando de nosotros. Bajamos la cabeza, buscamos su mirada y encontramos la inaudita respuesta, cuando tratando de encontrar a alguno de los nuestros llegamos hasta su mansión, y al vernos, nos encierra, sin dejar por ello de exhibirnos en vídeos y promociones del románico.

La Bella es delicada, está herida, muy cansada; ha soportado el incesante vaivén de todos estos años, la pérdida paulatina de sus hijos, la carencia de primeros auxilios, la especulación de muchos de sus miemhros, que desde un puesto de mando han revuelto la ceniza tiznando su bello cuerpo.

La Bestia parece inamovible. Es una masa lejana que rueda y rueda, pero tampoco avanza, a la que no conseguimos alcanzar a pesar de caminar con cierta urgencia hacia sus puertas. Somos dos mundos necesitados de cariño, a falta de muchas dosis de confianza.

El fallecido senador Felipe Calvo venía todos los veranos como embajador de la Bestia con un mensaje de esperanza para la Bella, y dejaba pequeñas estelas a su paso que iban amortiguando los recelos, las carencias, casi el agotamiento de aquella hermosa criatura. Yo creo que faltó muy poco, una pizca de nada, para que ambos se estrecharan las manos en su presencia. Porque dependemos de los embajadores. Ellos se encargarán de limar asperezas y poner a punto el encuentro que necesitamos.

Palencia está cada vez más enamorada de su Bella. Como en la obra hermosa de Walt Disney, los sirvientes, que en este caso somos todos nosotros, debemos proponernos el consenso, abrir puertas y ventanas a nuestro corazón para que caiga el mito, y para que aquellos que tienen el poder se acuerden de que nos deben el reconocimiento a ambas.


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6 de abril de 1993

Lugares gastronómicos

Hace unos meses en Madrid, me hablaron de los callos. Hoy, añoro el plato de cangrejos de Muñeca y los chorizos de Respenda. Mi madre, que ya no tiene humor ni goza de salud, nos ha hecho felices en la mesa. Aquí, en lo más alto de la provincia el cerdo sigue batiendo tenedores y alacenas. Ya no se cree en el humo como aditivo imprescindible para que los chorizos tomen cuerpo, pues las prisas, también aquí, nos han llevado a producir y consumir este manjar durante todo el año.




Cuando yo estudiaba en Valladolid, recuerdo que mi madre me enviaba de vez en cuando un paquete con chorizos bien curados, que allí, frente a los campos de Laguna de Duero sabían a gloria. Hoy se aprovechan las casas vacías para colgar los costillares y jamones y el lomo apenas si da para guardarlo pues tampoco se mata como entonces. San Salvador es un pueblo pequeño pero está bien surtido de condumios, y así, cada uno en una cosa, saben darle gusto al paladar más exquisito.

«La Casona», fonda situada en la carretera Burgos-Potes, donde se pueden degustar las setas, por ejemplo, los caracoles, la paella y el chuletón. Unos metros más abajo, la «Venta Campa» tiene solera aunque la mano de la dueña se nota menos porque la salud y la edad juegan dos bazas importantes.

Allí, en aquella casa donde se detenían las quitanieves para reponer fuerzas, siempre se habló muy bien de los primeros platos: el cocido, la fabada, y también de la carne guisada. Entrando hacia el pueblo, en «La Taba», un asador abierto hace dos años se pueden degustar toda una serie de platos típicos castellanos que su dueña, experta en dichos menesteres, ha sabido llevar de la casa al restaurante sin que pierdan nada de cuanto les hace deseables, Así cito: lechazo al horno, morcilla, chorizo al vino, calderetas y una larga serie de variados platos que hacen de la comida en la montaña un aliciente más para el turismo.

Tal vez, la decadencia de la Venta Pepín, un hostal típico a pocos kilómetros de Piedrasluengas, en el mismo puerto, haya permitido el auge de estos, sin olvidar que aquí el invierno es muy largo, nadie ignora la dureza que alcanza en estas latitudes y ello hace que el mantenimiento de los mismos sea siempre dudoso.

Hace una década nosotros merendábamos en Ruesga o en Ventanilla, donde sucede algo similar con el auge de este tipo de locales y su recaída en el mal tiempo. Ahora mismo son otros los que reservan mesa, picando en todas las ventas del camino y degustando en cada una lo que en casa ya no se hace por cuestiones de tiempo. La población ha descendido aún más en los últimos diez años, lo que no ha impedido que este tipo de locales se multiplicara.

Personalmente, lo considero un buen negocio, si se tiene en cuenta que la montaña palentina, con promoción o sin ella (aunque a falta de estructuras adecuadas que viene demandando desde siglos), va a sufrir una avalancha en toda regla con la crisis. Digo que es lo más probable. ¿Por qué? Porque es lo más asequible que tenemos a mano y a estas alturas, pase lo que pase en los próximos meses, nadie va a dejar de tomarse unos días de vacaciones.

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27 de marzo de 1993

A cielo abierto

No es suficiente. Cuando la Junta Vecinal de un pueblo y el Servicio de Protección del Medio Ambiente, utilizando todos los recursos a su alcance, tratan de paralizar una obra que puede suponer la mutilación de muchas hectáreas de terreno, no es suficiente el titular de un periódico, ni unas palabras, ni un artículo...



Hace algunos años, cuando muchas de las minas internas iban a quebrar, nos dijeron que la explotación a «cielo abierto» podía mantenerlas, ya que desde el exterior se podía hacer un seguimiento de las capas. Entonces, el Gobierno se pronunció claramente: «El carbón hay que extraerlo como sea y de donde sea». Es decir, no importaba el precio que hubieran de pagar los pueblos. Aquellos días, cuando empezaban a remover los terrenos con ciertas dosis de cautela, encontraron infinidad de fórmulas para convencernos. Se habló de una nueva forma de explotación y aprovechamiento, a la que era imposible llegar desde dentro. El empleo de una maquinaria, nuevas vías de comunicación para los pueblos, «cortafuegos», descubrimiento de fenómenos geológicos ignorados, como la desviación de las distintas vetas, apoyo a la minería clásica...

Hoy todo se ha quedado en palabras bonitas. Lo que interesa, a toda costa, es el dinero fácil. Las cláusulas que hablaban de la restitución se han olvidado, para dar paso a pruebas y más pruebas que van quedando al paso de este nuevo tipo de invasores. Los ecologistas hablaron del oso, llevaron con una dosis de aberración bastante grande, la muerte de un oso en Brañosera, todo el país lo supo y hasta se puso en movimiento un sistema que impidiera actos parecidos en otros lugares. Los ecologistas denunciaron la tala masiva de árboles en un bosque de San Salvador, pero pocas veces se han pronunciado con similar contundencia en contra del avasallamiento de los terrenos que circundan a estas localidades.

Los habitantes de estos núcleos ya conocen los resultados. Los han experimentado en sus carnes. Frente a la ignominia y la desobediencia de este nuevo tipo de empresarios, ha de servir la presión de todos los sectores sociales a quienes de alguna manera nos afecta.

En todas las zonas mineras, donde ahora se padece recesión, se está ofreciendo como cosa de pega este asunto, que sólo beneficia, claramente lo hemos comprobado ya, a los promotores, porque, «La Eugenia» que se ofrecía como experimentación al desmonte de «Peñota», en terrenos del Campo, ha cerrado hace tiempo.
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24 de marzo de 1993

Oficios

Señala un estudio elaborado por un equipo de Investigaciones Speleo Etnográficas, dirigido por Gonzalo Alcalde Crespo, que «en Redondo se contaba a mediados del siglo XVIII con un escribano, un cirujano, un médico, dos herreros, dos sastres y dos tejedores, de los cuales los tres primeros oficios eran ejercidos en Tremaya por las mismas personas.
Además, dieciocho pobres de solemnidad, 5 curas, 16 religiosos, un guardián y tres criados en el Monasterio Franciscano de La Virgen de Viarce.
Es curioso, verdad, e invita esta cita a reflexión. El único herrero que ha quedado en esta zona de montaña con dominio del oficio y abierto a nuevas perspectivas, utensilios de forja parejos a los que mi amigo Valentín Prieto realiza en Guardo reside y trabaja en San Salvador.





Dicho esto, añadir que, no hay sastres, ni tejedores, ni pobres de solemnidad.

Por no haber, no hay ni curas que deben multiplicarse para ofrecer una misa de domingo a cada pueblo, llegando incluso a zonas como Polentinos que antes atendían los sacerdotes de Cervera.
Los oficios se han desterrado lejos, aunque algunos fueron representativos e influyentes, sin ir más lejos, el cargo de secretario con un poder que en alguna ocasión llegó a representar un peligro para diversos municipios.

La Institución Tello Téllez de Meneses en una de sus publicaciones habla de las tradiciones etiológicas palentinas, donde aparecen varios trabajos de nuestro insigne paisano Matías Barrio y Mier.
Ya en uno de ellos, en el que narra un episodio de cetrería -estamos hablando del año 1044, al aludir a la Majada de Viarce donde pastaban en verano centenares de merinaa, se refiere a la pérdida paulatina de la trashumancia.

Hace muy pocos días Justino Rubio me refería en Bilbao una curiosa anécdota. Cuenta que un día le llamó don Severino Rodríguez, alcalde que fuera de Palencia, y le dijo: tienes dos vacantes, la de Grijota y la de San Salvador.
Cuando el maestro se decidió por la última, éste quiso saber el porqué, a lo que aquél le contestó: "por que si voy a Grijota, a los quince días me la quitan. Voy a San Salvador, porque ni Dios sabe dónde está ese pueblo".

Quizás ahora, más que la diversidad de oficios, preocupe el distanciamiento que procuran. No es corriente la vida en común como la de antaño- entre pacientes y médicos, o entre maestros y alumnos, lo que les obligaba a un cierto compromiso con el pueblo y viceversa. Es probable que conociendo a las personas y conviviendo con ellas en su entorno, todo se dignificase un poco más y llegaran las recetas con un buena dosis de amparo y compresión.

Porque nos preocupa de verdad lo que pasa en el mundo, pero muy poco aportaremos a la causa si no empezamos a solucionar lo que se cuece en nuestra casa.

De la sección de Froilán de Lózar: "Cuaderno de Montaña", para "El Norte de Castilla".
Imagen de César González: El maestro, el practicante de farmacia y el médico en 1905. Del libro de Froilán de Lózar: "La Vida de César González, Editorial Aruz, Julio de 2010

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13 de marzo de 1993

Contentos estamos

Aunque nadie lo esté, mucho menos ahora, que la ciudad también padece el acoso incesante de lo que llaman crisis. Pero vamos a decir que sí, que en general, cada vecino en las zonas más elevadas, donde se acentúan más las carencias, proclama en voz alta su bienestar, su acomodo a las situaciones que para el alma forastera implican un delito, o si se quiere, un olvido imperdonable de las Instituciones provinciales.



Algo se ha conseguido: el acercamiento de las máquinas quitanieves a la zona de montaña.



Bien es verdad que Palencia lo forman muchos pueblos, y que en muchos lugares, ya sea mirando hacia La Ojeda, o a los pueblos de camino entre Guardo y Saldaña, o aquellos que se esconden entre Salinas de Pisuerga y Aguilar, en todos -insisto- están muy limitados los recursos. Pero las zonas de montaña más alejadas de la capital, con mayores dificultades de acceso viven un descontento soterrado. Es un miedo interno que no se deja pronunciar: el médico, haga lo que haga, es intocable, y lo mismo el secretario o el maestro. Y que nadie levante la mano en defensa de nadie. El dolor se mitiga de casa para adentro, con recetas de piedad e investidura de palabras esperanzadoras. Hace pocos días, cuando la gran avalancha de nieve, una corresponsal de Televisión Española llegó hasta un pueblo de León. Me di cuenta que la citada periodista insistía -como acaso lo hubiéramos hecho cualquiera de nosotros: « ... ¿y ustedes cómo soportan ésto? ¿Están contentos? A lo que los interrogados, ya mayores, como los nuestros, contestaban que sí, que había ocurrido siempre, que pasarían una semana atizando la lumbre, tirando del lomo de la "pota"...

Si la televisión hubiese podido llegar a cualquier pueblo de nuestra montaña, y hubiera hecho esta pregunta, la respuesta, a pesar del mayor incremento de la nieve y del error de nuestros dirigentes en llevar las máquinas hasta la capital, a ciento treinta kilómetros, hubieran sido parecidas. «Estamos bien, sin problemas». «Peor era antes». «Esto es lo más normal». Y sin embargo, no lo es. De acuerdo, habrá personas a quienes no les moleste, ni les preocupe una semana de incomunicación, sin pan, sin alimentos frescos, con la luz a medio gas y en ocasiones sin teléfono. Suele pensarse que «si uno está de morir, no valen carreteras abiertas ni ambulancias, ni médicos... Yo sé que se piensa, porque he pasado también por ese trance, pero nadie se siente plenamente satisfecho de la actuación de sus alcaldes. Pienso que las autoridades locales deben poner más carne en el asador para que las autoridades provinciales se sientan implicadas. Que las máquinas quitanieves se queden en la zona, que se incremente el número de hombres que las conducen para que se releven y concluyan el trabajo en el menor tiempo posible. Que no es normal en los tiempos que corren una incomunicación como la que se está soportando en estas latitudes. Pese a los inconvenientes, es cierto, estamos contentos en general, porque la nieve mantendrá vivas nuestras fuentes y por consiguiente también vuestras cosechas.


Sábado, 13 de Marzo de 1993, de la sección del autor "Cuadernos de montaña", para "El Norte de Castilla".

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6 de marzo de 1993

Que paren esta ofensa

Estoy de acuerdo. Los políticos son necesarios. No cobran ni la milésima parte del trabajo que desempeñan, siempre que lo desempeñen bien. Vamos a darles, pues, lo que demandan. Eso sí, que nos permitan el castigo si no sirven. Sabemos las responsabilidades que conlleva una casa; suponemos las que conlleva un municipio, una provincia, una región ....
Así pues, que establezcan un precio, que lo cobren y que tengamos la seguridad que si después de este acuerdo quebrantan la norma, reciban un castigo ejemplar, sin que sirva de excepción su condición de hombres públicos.



Hace algunos años, tuve ocasión, de contemplar el magnicidio en Villanueva de Arriba, un pueblo a pocos kilómetros de Guardo. Hasta el lugar me condujeron varios vecinos, pero entonces nadie quiso que su nombre figurase en los papeles y hubo que dejar la información en suspenso. Entonces los ánimos estaban encendidos, se habían devastado unas hectáreas enormes de terreno en busca de carbón a cielo abierto. Unos años más tarde, cuando la explotación llegó a Pernía, tuve la ocasión y el interés de hacer un seguimiento informativo del asunto. Caí en el señuelo y dije lo que ellos me contaron, lo que ellos querían que dijera para tranquilizar al personal. En las condiciones que ellos pactaban con los pueblos, se hablaba de la restauración de los terrenos, cláusula para la que dejaban un dinero en depósito que luego preferían olvidar.

De esta manera, las maniobras se sucedieron en Los Redondos, Areños, Casavegas, el Campo y los terrenos próximos a Lores. En zonas como «peñota», el desmonte fue inmenso. La montaña palentina ha sido pasto de unos aventureros sin escrúpulos. En Barruelo, siguen los especuladores barrenando sin barrenos.  Cuando en una comarca de Cantabria, próxima a nuestros pagos, hablaron de indemnizar a todo un pueblo, porque había aparecido bajo sus cimientos una veta de carbón importante, me quedé desolado. Peridis hablaba de Cervera de Pisuerga del desarraigo que supone el cambio de casa, de los efectos que produce dejar el hogar donde has nacido, en el que has ido creciendo, y cerca de allí, a sólo unos kilómetros, los traficantes de carbón compraban por cuatro duros un pueblo, tu pueblo, tu casa, por ejemplo, tu hogar de siempre, del que hablamos en el exilio, y nadie dice nada, y nadie se escandaliza, y nadie patalea, sólo los dos o tres vecinos que sufren en sus carnes tamaño vapuleo.

Digo que la montaña ya ha sufrido bastante, que los políticos se están haciendo merecedores de una ley rigurosa, donde se les señale de por vida las responsabilidades en las que están cayendo.

Que alguien detenga esta sangría. Que alguien ponga fin a estas mutilaciones salvajes. Que nos dejen la tierra como era. Que se vayan. Que los vecinos de los pueblos se opongan rotundamente a vender por cuatro monedas de oro la tierra, su tierra, la que tenemos, la que nos queda de increíble, la que nos legaron, bajo la cual se rompieron el alma muchos pares de brazos, en cuyas entrañas dejaron la vida y la esperanza muchos cuerpos ....
Estoy de acuerdo. Que paren esta ofensa como sea.

© Froilán De Lózar, en su sección "Cuaderno de Montaña", [Norte de Castilla]
Imagen: Archivo Diario Palentino

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4 de marzo de 1993

Incomunicados

Otra vez los acontecimientos me desbordan y debo adelantar mis reflexiones para que coincidan en el lugar y el tiempo. Cuando comienzo a escribir estas líneas, nieva en Bilbao con una inusitada fuerza. Niños y mayores se mezclan en los patios llenándose las manos del elemento blanco. Ya el sábado por la noche, la radio notificó que la Diputación de aquí, tenía preparados veinte coches especiales y quince o veinte máquinas quitanieves.



Los diarios no llegaron con normalidad a muchos de los puntos de encuentro, y como de costumbre, cundió la alarma por unos palmos nieve, forzando una sonrisa de mi máquina. El domingo por la noche me llaman de San Salvador. A pesar de conocer la intensidad que aquí alcanza la nieve, están alarmados: algunos tejados se han hundido y por sus palabras me recuerdan la gran nevada de hace doce años. El telediario dice que ochocientos pueblos de toda España se encuentran incomunicados. Pero cuando se generaliza la noticia, ésta deja de tener importancia. Quienes tienen aquí su rebaño, sus vacas, su trabajo, ven la parte negra de la nieve, y vuelvo a reincidir en lo ajeno sin que ello me sirva de consuelo.

En Ibias, en la parte asturiana, junto al puerto de Connio, se vive una aventura similar. Los 74 pueblos que forman el municipio, viven con una escasez de medios que supera con creces cualquiera de las nuestras: el sesenta por ciento carece de teléfono y se llega por caminos de tierra. Ese mismo porcentaje carece de alumbrado y las basuras se tiran por doquier. Pero volvamos a lo nuestro.

El lunes, a las doce de la noche, llamo a San Salvador. Siguen incomunicados, sopla un fuerte viento y no reciben la señal de televisión. Algunos vecinos han hablado de ponerse en contacto con un diario madrileño. El martes por la mañana, hoy, cuando remito al periódico este artículo hecho crónica, muchos de los puntos conflictivos se han ido despejando y ha remitido el temporal en la montaña. Quizás peor consuelo llevan las zonas cántabras de Tresviso, Caloca y Polaciones , vecinos nuestros, que el domingo se mencionaban en todos los medios vascos, pero donde sucede algo similar a lo que aquí venimos denunciando: los medios técnicos y humanos no se sitúan donde verdaderamente se están necesitando. Varias máquinas se han averiado y el lunes se volvieron de Vañes, quedando los pueblos de Castillería y Pernía incomunicados. No olvidemos que esta incomunicación supone graves pérdidas para los ganaderos que hacen entrega diaria de la leche.

No es la primera vez ni será la última, pero me llaman y me piden que escriba. Algo se está moviendo. También aquí se necesita ayuda, que alguien nos recuerde en los telediarios, que alguien nos mencione en los periódicos, que se agilice el servicio de limpieza para que lleguen el panadero y el cartero, el médico y la ambulancia. porque son cuatro días, puede que cinco, o seis, cuando en el resto de lugares se están desbordando las noticias por veinte centímetros, como sucede en Cataluña, y el personal pone el grito en el cielo por dos días de incomunicación.

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5 de febrero de 1993

Pleitos

Victor de la Serna -que le vamos a gastar de tanto usarle-, se acercó bastante a nuestras sierras. Por la ruta de los Foramontanos, llega a la Venta de Tajahierro, enclavada en las primeras brañas de Palombera. Maestro, es decir poco, lo cierto es que vino a Peña Labra y se acercó a todos los misterios que envuelven ¿esta zona de Palencia?



Como sabe el lector, hace algunos años, por un pleito habido entre uno de los últimos pueblos de la provincia, Piedrasluengas, y un pueblo de Cantabria, Valdeprado, manejados los hilos por el influyente Eduardo García de Enterría, Palencia perdía unas hectáreas de terreno, en un litigio que venía ya de siglos.

El viajero, de todas formas, se pregunta a qué se debe tanto cambio, no encontrando respuesta. Tiempo atrás, Piedad Isla, fotógrafa de Cervera, hizo pública una carta a través de un medio palentino ya desaparecido, dirigida a un diputado, en la que se exponían razones -según la autora mas que suficientes- para anexionarnos a la provincia de Cantabria.

El dilema, pleiteado con envites de tinta, quedó como estaba al principio, y es que Palencia está muy lejos. Lo comentaba yo con mi redactora, Isabel Calle, por teléfono, tratando de exponer el injusto olvido que sufre el personal por estas latitudes.

Suena ya un poco a burla, que cuatro niños quieran plantarnos la ikurriña en la plaza del pueblo, viendo acaso nuestra indiferencia tan atroz hacia todo lo que se mueve. No hemos sido personal de campaña. De aquellas hospitalarias gentes, no queda sino el recuerdo de los viejos cuando se cosechaba el lino y la cántara de vino costaba dos reales. Cuando las abuelas lo eran de lodo el pueblo.

Ahora nos lo han quitado todo. La capital y el pueblo viven sumidos en los pleitos dichosos, que siempre acaban tarde y mal porque hay vencidos. Si por ejemplo, subes a Celada de Roblecedo, un pueblo que llegó a tener 400 vecinos, lo encontrarás limpio de polvo y paja, hasta Cervera queda lejos para que funcionen bien las cosas.

Estamos atrapados. La protesta que pudiera elevarse está anquilosada en los labios de estas humildes gentes para quienes hoy la bandera es lo de menos. Tal vez nos tocase algo, si como ha propuesto hace poco un diputado en el Congreso, Cantabria se aliase con Castilla, por aquello de que siempre ha sido su puerto. Una solución que requiere, dada la magnitud que están alcanzando algunas autonomías, mucho más que palabras. Y la verdad es que, aquí, no estamos para pleitos.

© Froilán De Lózar para la sección "Cuaderno de Montaña"; en el Norte de Castilla


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27 de enero de 1993

¿Existió la leyenda?

Cuenta la leyenda que, por una historia de celos, tomó la villa de San Salvador su actual nombre, y aunque a los publicistas nos enseñen los libros que, las leyendas sólo sirven para explicar un hecho, lo cierto es que la respuesta del cantor me parece adecuada para explicar el por qué San Salvador de Tremaya, es hoy de Cantamuda.

 

Creamos pues en ella, de la misma forma que creemos en los Reyes Magos.

Fue Munio el conde de este valle, lugar que tuvo el privilegio de ser libre antes de que los políticos actuales nos lo anunciaran a bombo y platillo, nombrando a sus señores y rigiéndose por sus fueros, acaso como premonición de lo que ahora se está consolidando en nuestro entorno como mapa regional o autonómico.

Con Munio Gómez nos alcanzó la sangre de la llanura, la de la Vega de Saldaña, aplacando así, tal vez, nuestro recio carácter, ahora mismo dormido, congelado, como quien dice -rompiendo aguas ante acontecimientos que llegarán porque el tiempo no se detiene y la esperanza sigue viva-. También nos tocó sangre leonesa, por parte de su esposa doña Elvira, hija de doña Adosinda, asturiana rica. Dice el trovador al mencionar el flechazo que, el Conde, que tenía sesenta años, se enamoró de una niña que apenas contaba veinte.

Matías Barrio y Mier, un político-poeta de los que ahora carecemos, nos contó la historia a su m0do y manera y en algo fue minucioso el de la Castillería, de Verdeña, un pueblo donde se junta el cielo con la Tierra, enseñándonos después de muchas dudas, porque también fue cauto, la ficha de ambos, que me recuerda un poco las novelas de M.Lafuente Estefanía: Religioso y justiero él, dechado perfecto de las mujeres cristianas, ella; Munio: guerrero y defensor a ultranza de su ley; Elvira, de belleza extremada, afable con sus vasallos. Y acaso fuera la bondad para con sus súbditos lo que hiciera brotar las primeras dudas en la mente de su afanado esposo, que entre el ajetreo de la caza y los asuntos de la guerra no hallaba un respiro para el amor.

Pernía, es un manjar que se extiende a los pies de la «Peña Tremaya» que hoy yace adormecida, rompiéndose lenta e inexorablemente el timbre de su voz, o sea, las casas que desde allí se observan, fingiendo una vitalidad que está muy lejos de sentir. Sólo el Pisuerga que baja de Fuente Cobre parece dar prestancia y juego a estos pequeños pueblos:

San Juan y Santa María de Redondo, Los Llazos y Tremaya, La Venta, San Salvador y el Campo, Areños, Lebanza, La Abadía....

Por cualquier ventana del Castillo que se asomara doña Elvira, podía llenarse de aquel bello paisaje, seguramente que exclamando: (lo estoy presintiendo como la mejor de las videntes) ¡que bello este rincón del mundo! o «¡Este reino bien merece una guerra, o una defensa a ultranza, o una historia de amor!.

Aunque los sueños se acaban, -dice Matías que la causa pudo ser el hijo que no lIegaba-. pienso yo que, acaso el mal de ojo, o el destino, quién sabe si fue la historia que le contaron los amigotes, y nos metemos ya en una historia similar a esas venezolanas que hoy inundan la televisión. Cualquier cosa pudo servir para poner en movimienlo la trama que da origen a esta bella leyenda.

«Un pariente lejano de los que allí sirvieron, me contó en sueños que Elvira ya presentía algo raro por el modo de comportarse su marido.

Había como un poso de rencor en las conversaciones y estas cada vez eran más breves. ¡Y qué podía hacer ella para romper aquel obstáculo!.

Era cierto. El Conde sólo veía enemigos en su castillo. Todo había empezado en bromas, en una jornada de caza entre Valmián y Hordejón un día de otoño. Un encumbrado personaje de la Castillería, le dijo al Conde que su esposa le engañaba con un vasallo. Para quitarle luego importancia al comentario, añadiría que el desliz era normal dado las largas horas de soledad a las que estaba condenada.

-¿ Y quién es él? -le apremió el Conde, dirigiendo el cañón de su escopeta hacia el osado bufón. Y no encontró respuesta. Los que le acompañaban aquel día lo tomaron a chiste, aunque se evidenciaba que al Señor Conde le habían tocado una parte sensible que sangraba y que después le hicieran ver fantasmas por doquier, urdiendo en secretos abyectos planes para acabar con la traición.

La primera medida fue mandar a las Cruzadas con sus hermanos García Gómez de Saldaña y Sancho, a un joven de Camasobres que parecía ser el recadero de la Condesa. El apuesto galán, que entonces soñaba con Rosario, una hermosa doncella del pueblo de Casavegas, fue pasto sin saberlo de las iras del viejo Conde. aunque nunca se detuvo a pedir explicaciones. Si allí la vida era tranquila y estaba agradecido por el trato que le habían dispensado como criado, defendería con el honor propio de sus años el lema de su señor, muriendo si ello fuera necesario en tan difícil causa. Algún cambio más se llevó a cabo aunque no merecía la pena mencionarlo, pues el principal proyecto tomó cuerpo una cruda y rabiosa noche, apenas comenzó a nevar, estando todos ya recogidos en sus aposentos.

Munio, sin prestarle oídos a su conciencia, bajó a las cuadras, dispuso una mula llena de defectos, dice Matías que coja, ciega y vieja y montó sobre ella a su esposa, dándole por guía y compañero a una vieja sirvienta sorda y muda.

Ya tenemos todos los alicientes.

Falta la Providencia que entonces existía, porque le digo yo a Matías que en este siglo se ha perdido y que vivimos cada día más rodeados de miseria y desolación. Entonces, aquella, salvó a la inocente Elvira. La joven Condesa que vivía -quiero pensar- ajena a tales desvaríos amorosos. Así es como salvado el precipicio, Pisuerga adelante, cantó la muda la injusticia que se había cometido con su señora, razón por la cual Dios las había guiado hasta el pueblo que a partir de entonces se llamó de Cantamuda.

Dicen los sabios autores que, aquella libertad, de la que siglos más tarde, hace sólo unos años, diera cumplida referencia nuestro malogrado poeta Gabriel González en un librito donde se recogían las Ordenanzas, se la dio la Condesa en edad avanzada.

Pero ahora, dejando a un lado la leyenda que he recosido a mi manera con deleite para ofrecérsela a los amantes de nuestras tradiciones, sin rencor hacia los franceses que después quemaron nuestras casas, convendría en estos tiempos que corren, removerla, calentarla, para que como el ilustre paisano nos contara, sin dejar la humildad que siempre ha caracterizado a nuestra montaña, reviviesen las grandes enseñanzas que atesoran.


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23 de enero de 1993

Conspiración de silencio

No hay nada imposible, aunque quienes venden a través del periódico un pueblo, nos vuelven a poner en evidencia. Una columnista de este medio se preguntaba recientemente de quién era la culpa y uno, sinceramente se lo digo, está agotando sobre el papel las últimas historias.




La conformidad de la gente, que es una forma de apatía engañosa, o aún peor, un despectivo «cada cual se apañe como pueda", ha podido con todos los lemas y ha sucumbido ante todas las barreras. Me explico. Hace algunos meses murió absurdamente un vecino en un pueblo del norte. Todos callaron. Hubo un pequeño conato de rebelión por parte de la familia que acabó a la entrada de Palencia.

Unos años atrás sucedió algo similar, aunque casos parecidos y en otros sectores se estén repitiendo de contínuo. La sección de «correo espontáneo o cartas al director» de los distintos medios, sirven de ejemplo muchas veces, cuando un ciudadano que se ha visto afectado por una situación irregular o desagradable, pide una respuesta o descarga su parecer sobre el asunto.

Todo es loable, verdad. Estas mismas crónicas pueden llegar a serlo, pero nada conseguiremos mientras sigamos refugiándonos en una falsa alabanza. Me confesaba Luis Angel, miembro de la Junta vecinal de San Salvador, su disposición a enfrentarse con las situacioncs irregulares que a su juicio se vienen detectando en la localidad. Hace años que mucha gente se pregunta en corrillos, a espaldas de, en el bar de la esquina, sobre los asuntos que deben y pueden esclarecerse. Pero se mantiene el silencio para que todo siga aparentemente por el buen camino, para que los cuatro vecinos que ahora quedan no vivan enfrentados en una conspiración permanente que va haciéndose callo. Si dentro de estos pueblos no hay armonía, cómo se va a conseguir la justa reivindicación de un médico o un un maestro, el arreglo inmediato de la carretera comarcal, un servicio de transportes, unas máquinas quitanieves en Cervera. En definitiva, ¡una necesaria y urgente revalorización de nuestra zona de montaña!.

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19 de enero de 1993

El sentimiento de las tres íes

Alguno de los posibles lectores de este cuaderno, puede pensar, si no conoce la enjundia de la montaña palentina, que estamos desgranando historias de hace cien años. Desgraciadamente, muy pocas veces vienen a corroborar lo contrario grupos y asociaciones, porque son pocos los que quedan y ya no hay fuerzas para emprender otros caminos.

 

Uno se consuela leyendo el periódico, y así leo que después de muchos años en Medina de Pomar se ha descubierto que hay un descontento general ante el abandono que se padece en la zona norte de la provincia burgalesa.

La injusticia es evidente que se extiende más allá de nuestros propios campos, pero pobre consuelo es ese. Es triste que no haya en cien kilómetros a la redonda un centro médico en el que podamos confiar, bien por falta de instrumentos o de especialistas. La población rural sigue descendiendo, lo que marca una sensación rara de impotencia. Sabemos que individualmente no se consigue nada y por otro lado, agruparse en estas localidades cuesta mucho, siempre que las personas viven pensando que los problemas son cosa de los alcaldes de turno, prefiriendo someterse a las iniquidades, antes de poner un algo de su parte.

De rebote, los alcaldes que saben la indignación que se respira, se sienten a su vez impotentes ante la escasez de ayudas que reciben por parte de los organismos provinciales. Ahora mismo parece injustificado un recorte, pese a la situación global que se padece, y han de ser los núcleos grandes los que cedan un poco de otras prestaciones hasta que se nivelen los conciertos en temas de absoluta necesidad.

El transporte de viajeros que se ha iniciado por las zonas de Mudá o de Barruelo y que ya en su día se acercara a los pueblos de Pernía y Castillería, no es en modo alguna una compensación suficiente. Así pues, indignación, impotencia e iniquidad, tres conceptos que crecen a medida que el pesimismo se acentúa. Las personas representativas de los municipios, a la vista de los beneficios que parece ofrecer el compadreo político, se cambiaron de la noche ala mañana de siglas, intuyendo que esto iba a ser fuente de recursos y ha llegado a tal extremo la contusión que ya nadie sabe lo que pretende nadie.

Nuestra cuenca minera, que pasa por Orbó y por Mudá, por Cantamuda y Santibáñez, se está quedando seca, expuesta a la mentira de quienes especulando nos destruyen también la única y verdadera riqueza que siempre nos avaló: el paisaje.

Después de tanta sangre derramada dentro, y tanto minero silicoso fuera, vinieron dos hombres con dos máquinas y dejaron en la más aborrecible destrucción los montes cercanos a Barruelo, a Lores, el Campo y Casavegas, sin preocuparse de alisar los terrenos como en su día prometieron a los pueblos.

Escribo esto indignado, sabiéndome impotente ante tanta injusticia. Y me siento malo, malísimo, enfermo, muy enfermo, porque compruebo que en esta tierra sólo crecen los especuladores mientras duermen la siesta aquellos en quienes delegamos los poderes.


© Froilán De Lózar para "El Norte de Castilla"
19 Enero, 1993


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7 de enero de 1993

Hurgar en la costumbre

Nada cuesta, una vez más, bucear por esa franja norte de nuestra geografía provincial, donde aún quedan rescoldos de aquel fuego de antaño. En Polentinos, pueblo tradicional donde los haya, este año mataron el gallo de Quico, mientras el hombre estaba en la verbena, y treparon al Mayo en pleno agosto, ya saben, aquella tradición cuando cantaba misa uno del pueblo. 





Las costumbres, como la vida, han cambiado.

En San Salvador y en Polentinos se cantaban las marzas y los Reyes hasta bién entrada la década de los ochenta y en el mantenimiento de toda tradición influye, me consta, la ayuda de los mayores y la disponibilidad de los más jóvenes. Hace dos años, en San Salvador, en el marco de la iglesia románica, se escenificó un nacimiento viviente. No es gran cosa, desde luego. Ni se vive con aquella pasión de años atrás, ni se vuelven los ojos hacia los ritos heredados de nuestra gente adulta.

Hoy somos extraños en nuestra propia casa y el pueblo, como el mundo, están en pie de guerra, no de tiros, ni siquiera simulada, sí de enfrentamientos y hostilidades varias que hacen inviable el sano ejercicio de hurgar en las costumbres. Costumbre, me refiero a tradición como lo sigue siendo la matanza del cerdo, después de la copa de orujo y las galletas.

A la incertidumbre de quienes se subirían al carro de los colaboracionistas, se añade la desgana de quienes lo presencian, perdiendo así el encanto aquellos actos que nos hicieron felices; ensayos que nos reunieron en un local cualquiera, después de las labores cotidianas llegando así a conocernos mejor, a comentar las cosas, a tratar de poner remedio a los problemas que con frecuencia se dieran en el pueblo.

A las puertas de Navidad, no es conveniente caer en el pesimismo. Recuerdo con nostalgia aquellas fechas, cuando se compartían alrededor del fogón las viandas del pueblo. Todavía hay gente emprendedora en estos núcleos de montaña.

Que salte la chispa, que la pandereta suene, que los jóvenes se desprendan de esa tela de la indiferencia que tanto prolifera.

No todo va a ser cieno, aunque abunden la ignorancia y el desprecio hacia quienes emprenden tareas tan dignas como la recuperación de un rito.


©Froilán De Lózar para el Norte de Castilla


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26 de noviembre de 1992

San Andrés: Arte y silencio

Un poco más allá de Prádanos de Ojeda, en un remanso del camino que conduce hacia la localidad de Alar del Rey, se encuentra San Andrés de Arroyo. Dice el periodista Fernando Gallardo que el claustro del siglo XI, por el que sentía gran aprecio Manuel Azaña, es un remanso de silencio. 




Las monjitas me reciben el día de la boda de mi hermana, cinco de ellas hermanas a su vez de su suegra, y una, Delia, la priora, tía de Pili Cajigal, la de San Salvador. Casualidades que, quien escribe de cuestiones, a veces emponzoñadas de política, venga a caer en este remanso, orilla de montaña, donde se labra bamba y socorrito.

Y es cierto. Allí el silencio impone más que el arte. Los arcos, las columnas, los grabados en las piedras, todo es admirable, pero la fuente del patio entona los maitines con destreza, sin pausa, haciendo que el silencio que se imponen estas madres bernardas no sea tal que hasta las fuentes enmudezcan.

Me conducen por un largo pasillo hacia la sala de visitas. No pregunto. Observo a las monjas que me observan, que indagan con suma delicadeza sobre nuestras vidas. En el monasterio de San Andrés de Arroyo, no hay penas y, si las hay, procuran encubrirlas para que no se noten y el cierzo las derrita.

Una imagen de conformidad que dista mucho de esa otra que en la capital vive un señor, o dos señores, todavía no se sabe, a los que les han tocado 400 millones, o la que en Herrera de Pisuerga se ha desatado con la fuga del alcalde Rivero. ¿Será verdad que hay tanta mafia en el entorno?

Como para la muerte no se necesitan alforjas y la vida es un camino que pasa veloz, comprendo hasta cierto punto la felicidad en la que viven las monjitas.

Con esta escapada hacia el llano me aíslo y me repongo como ellas de tanta corruptela, de tanta malversación y marea negra como brota a diario.

Estaban todas. Todas salieron a recibirnos y para todos hubo palabras dulces, tan dulces como los frutos de su obrada.

San Andrés de Arroyo no es sólo un claustro donde el arte se imponga a quienes con devoción lo enseñan y lo guardan. Es, principalmente, un rincón de provincia donde vive y trabaja con una ilusión propia de los niños, una comunidad cristiana.


©Froilán De Lózar para "El Norte de Castilla"

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5 de noviembre de 1992

Piedad Isla

No ha sido mujer de un día. Ni una mujer cualquiera. No es un secreto para nadie que Piedad Isla pertenece a esa parte del pueblo que ha luchado codo a codo desde el principio al fin por las cosas en las que creía. Desde su estudio fotográfico en Cervera de Pisuerga, ha proyectado la montaña más allá de nuestras fronteras.




Con enorme sacrificio, ha dado vida a un Museo Etnográfico y ha puesto el punto sobre la llaga en muchos engorrosos asuntos. Por citar algunos: la declaración de Conjunto Histórico Artístico para la villa cerverana y la lucha en contra del pantano de Vidrieros.

Las personas que, como ella, se mueven mucho, generan inquietudes en su entorno y también, por qué no decirlo, enemigos. Piedad sabía que con un negocio en un pueblo pequeño, corre un riesgo muy grande si se mete en política o, quien dice en política, dice también en asuntos sociales, tal puede ser el caso de "Cervera Más Allá". Recuerdo una fuerte polémica, a propósito de la urbanización, donde también salió malparado el humorista "Peridis".

Piedad, que también colaboraba en "El Norte de Castilla" y que, como digo, no es mujer de un día, asumió con una entereza digna de admiración todos estos peligros, y dijo sí, cuando pensaba que sí, y dijo no cuando creyó que había que decir no.

Isla en la Montaña ha sido la propulsora eficiente de una imagen sin par. Y lo digo sin compromiso alguno, cuando apenas he intercambiado tres palabras con ella. Piedad va a recibir un caluroso homenaje de sus compañeros, a los que me sumo con estas breves letras desde mi estudio fotográfico en Bilbao.

Hace unos días, cuando yo preparaba el prólogo para el catálogo de un fotógrafo en Santurce, me llegaba la noticia del homenaje que se le estaba preparando a Piedad en Palencia. Y he querido contribuir en la medida de mis posibilidades.


@Para la sección "Cuaderno de Montaña" del "Norte de Castilla".
En la imagen: Piedad Isla en moto, a la entrada de San Salvador

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20 de octubre de 1992

Broco

Un intelectual, Manuel Broco Barredo, escribe acerca de los mineros de Asturias, en una pequeña e interesante revista que edita el grupo madrileño Cero. ¿Qué le está permitido desear a un minero de Mieres? -se pregunta. Todos los mineros, los de Palencia también, se preguntan muchas veces por su vida, por su futuro, cuando las minas cierran, condenados como están a eso que llaman silicosis.




Mi amigo Vega Antuña, que contaba historias de la nieve en aquel famoso «Cimbalillo», y que regentó el economato de las minas en San Salvador, además de llevar la gestión de las de Castrejón de la Peña, sabe mucho de lo que pasa fuera de la bocamina. Por su parte, Lorenzo, el del Campo, un picador de primera retirado por respirar en las cavernas de la "Eugenia", sabe todo lo que pasa dentro.

La Montaña Palentina se ha llenado de luto muchas veces. Ha muerto mucha gente en situaciones confusas, trabajando en condiciones infrahumanas, boquetes laterales por donde justo entra el cuerpo y la herramienta. Se cava de rodillas o tumbado y no hay seguridad que valga. Algunos jóvenes, en los últimos años, han hechos de tripas corazón y se han ido galería adentro, como hicieron sus padres, tal vez para seguir viviendo. No saben, ni se imaginan, que eso que llaman silicosis les ha comido los pulmones y ya no queda aire bastante para ellos en el mundo. No en vano, he visto la agonía de Vidal, padre de mis amigos, y la de Pepe; viví de cerca, siendo corresponsal del desaparecido «Noticias de Palencia» la noticia de la muerte del picador de 24 años, Ramón Otaola; estaba allí cuando me comunicaron la de Julio Torres, unos años después, la de Vicente, y la de su hermano, y la de tantos otros que lo dieron todo por la mina y en ella encontraron el pago más injusto.

Es ley de vida. Los mineros de Palencia saben muy bien la historia: la de dentro y la de fuera.

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6 de octubre de 1992

Una casa en Pineda

Un paseo por la memoria. Casi daba por hecho entonces, el nuevo pantano que finalmente no se hizo. He vuelto al Curavacas. Caloca, al otro lado de Casavegas, ya tiene carretera. Tantos años, tantos gobiernos y ha sido el polémico Hormaechea el que ha puesto un servicio imprescindible en aquella parte de la montaña. A éste le echan los tejos porque ha dilapidado una fortuna en cosas para el pueblo, mientras otros se llevan las comisiones y aquí no pasa nada. 



Caloca es el punto álgido de la belleza suma. Más arriba, en Pineda, conviven todas las etnias de Pernía. Tañuga y Secarro, puertos de Lores; Pomar, de San Salvador y el puerto de Cortes, de los Quinitos de Lomeña, pueblo del Ayuntamiento de Pesaguero. Puertos, todos, donde se sigue alimentando la trashumancia.

Cuentan los más viejos del lugar, lo ocurrido un cinco de junio, nadie me ha precisado de qué año. Nevó y trashumantes y vecinos de los pueblos tuvieron que bajar con su ganado.

Nuestro puerto termina en la Collada de Dobres y la «Mesa sin Pan», es la línea divisoria entre Pomar y Cortes.

Lo cierto es que en el «prao» -que llaman-, allá por donde culebrea el río «Aruz», que nace en el collado del mismo nombre, cerca de la peña Cuchilluda, mi pueblo ha levantado una casa con servicio y habitaciones, para que pastorear el ganado no sea una labor de unas injustas y casi inservibles quince mil pesetas al mes, que es la cantidad que cobran muchos pobres pastores. Pineda es, junto al resto de puertos que he citado y los de Arbejal y Resoba, más abajo, un parque natural de un valor incalculable. Ni los propios pueblos saben el valor que allí tienen.

No soy ecologista. Cuatro veces, acaso alguna más he admirado la grandeza de Sierra de Alba. Alguien habla de un pantano gigantesco en Vidrieros y me asusto. No por los diez chalets que por encima de este pueblo han construido, ni por las tierras, exentas de contribución, ni siquiera por los vecinos, que están esperando soluciones sin pronunciarse demasiado. No me asusto por la carencia de agua que pueda representar para los del sur la no construcción de este pantano. Los del norte se están sacando solos las castañas del fuego y en esta situación, nadie, sino ellos, merere disfrutar de un digno acuerdo.

Yo lo siento por la Casa de Pineda que es un rincón de paso excelente para el ganado trashumante y para el nuestro. Las aguas que inunden este valle, limitarán en gran manera el servicio que ahora presta a quienes siempre le cuidaron. El agua es un bien público, ahí lo tienen, ahí baja cristalino, puro cien por cien, a Camporredondo va directo, que lo aprovechen, que ya vendrán años más húmedos.

Ya sé que es un escrito, verdad, que nada vale, pero Palencia tiene una montaña a la que algún día los políticos tendrán que prestar la atención y el cuidado que merece.


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Orígenes Montaña Palentina

El autor

Froilán de Lózar. Publicista-Escritor.

Premio de periodismo Ciudad de Palencia; II Premio Internacional de Poesía "Diego de Losada" (Zamora); Premio Nacional de Novela Corta "La Tribuna de Castilla (Valladolid); Finalista Premio de Novela Bubok-Lengua de Trapo, 2016.

La más bella canción: los libros

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