CERVERA, POLENTINOS, PERNÍA Y CASTILLERÍA, Froilán de Lózar (3ª Edición)

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22 de abril de 2011

Marguerite Durand, Piedad Isla...



Estos días los periódicos se hacen eco de la Exposición que ha albergado "La Galería de Bibliotecas Francesa", fundada por la activista Marguerite Durand en los años 30 del siglo XX.

El hecho me trae a la memoria, y aprovecho para citar a otra mujer, paisana y amiga a la que conocí de cerca (ver enlaces a varios artículos y entrevistas a pie de post). Me refiero a Piedad Isla, una de las primeras mujeres dedicadas a la fotografía en la Agencia EFE, y después, divulgadora incansable del mundo rural.

Lo que cuentan de la empresaria francesa, puede servir, perfectamente, para nuestra embajadora palentina, pues el propósito en ambos lugares era el mismo: "Conservar una visible huella de las mujeres en el espacio público".

4000 imágenes allí, a bombo y platillo; 40000 acá, en un espacio recogido que ahora se va mostrando al mundo. En París, un recorrido por el descubrimiento de la mujer en actos como el voto femenino, la protesta contra la prohibición del aborto o el divorcio...; aquí, la mujer en la mina, la mujer a la siega, en los campos; ella misma, con la cámara en ristre, cubriendo eventos a los que casi siempre sólo acudían hombres.

Uno de los eventos que pregona esta exposición, es la manifestación celebrada en Francia en Julio de 1914 y encabezada por Carolina Rémy, más conocida como Séverine, una de las primeras periodistas profesionales del país vecino.

Como si se tratase de una réplica en pequeño, recuerdo una de las últimas exposiciones de Piedad Isla, donde recuperaba la estela dejada por muchas personas de la villa cerverana. Comerciantes, camioneros, tejedoras, planchadoras, panaderos... y a la que ahora hemos de subir la suya, que pese a toda la sencillez que quiso darle, tiene un peso específico y fundamental para el resurgimiento y el recuerdo de estos lugares. Yo quisiera enviar a todos mis seguidores y amigos, un mensaje de esperanza, pese a los vientos desfavorables que ahora mismo nos sacuden. Aquel movimiento, aquella teoría, fue abriendo pasos decisivos. No bastan, eso es evidente, pero hemos de seguir la estela ejemplar de estas mujeres que dieron un paso de gigante para el cambio.

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19 de junio de 2009

Justificar una medalla

Las medallas siempre llegan muy tarde. Como esa experiencia que te piden cuando terminas el estudio, o ese estudio que te requieren cuando pierdes el trabajo. Da la impresión, creo que muchos la tenemos, de que todo esto forma parte del sistema. Un enredo para distraernos, una llave para manejarnos, una fórmula que siempre está en el candelero.

 

Una medalla que en cualquier caso, en este sobre todo, llega al final de una vida dedicada en buena medida a rescatar del olvido todo eso que hoy nos muestra en su Museo, cuando ya al agasajado no le quedan ni fuerzas para responder con nuevos trabajos, ni bríos suficientes para agradecer ese estímulo que siempre te aporta el agradecimiento de los demás.Porque hay vidas ya vividas, de sobra conocidas, que no necesitan ninguna de los tres: ni experiencia, ni estudio, ni medalla.

Piedad tiene una experiencia de 82 años. Su vida es un trozo de esta tierra a la que ha vivido pegada desde sus curiosos comienzos como reportera de la Agencia EFE, cuando ser mujer y ser fotógrafo en España era poco menos que imposible. Piedad tiene el estudio, sabe lo que ha costado aupar un poco el nombre de esta tierra, conoce al dedillo la vida de los personajes de su época: el practicante que atendió mil partos, la planchadora, el barbero, la panadera, el director de Banca; el relojero que llegó de Orense, el sacerdote, el tío "Garabito", el tío "Mosquito"…, a quienes rindió cumplido homenaje a finales del pasado siglo en la Fundación que lleva su nombre.

Piedad tampoco necesita una medalla.Un premio es haber vivido. Un premio es haber amado, haber sido más o menos querida, haberse impresionado con tanta vida como fue pasando ante el objetivo de su cámara; alimentándose de la sabiduría de aquellos hombres y mujeres que, sin la experiencia o el estudio de hoy día, encontraron la fórmula para hacer más llevadera la vida en estos lugares apartados..

Pero su legado, es verdad, bien vale esa distinción que en estos días recibirá de manos de la Diputación palentina. Doscientas mil imágenes de gentes, de paisajes, de oficios, de animales y, asomando a sus labios un deseo que es como un suspiro de nostalgia, ante el reto tan difícil, yo diría que imposible, de llenar de gente esta montaña.

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9 de junio de 2007

Los hilos de Piedad


Nada que justifique tanto el título de este blog, como retraerse en el tiempo a la montaña que retrata y resume mi amiga Piedad Isla.La montaña que aquí voy mostrando es apetecida ya por miles de personas que buscan en el turismo rural una aventura mágica. Piedad tiene en Cervera de Pisuerga la llave que mostrará la historia de esta tierra. No sólo la ha retratado en sus concejos y en sus fiestas, sino que, fundamentalmente, la ha vivido, dos puntos clave para promocionarla y defenderla.


Piedad Isla ha triunfado sin salir de casa y sigue latiendo el buen sabor de boca que deja en la exposición de Salamanca a finales del año pasado, con ochenta años de historia a las espaldas.

¡Qué mal organizado lo tenemos todo! La Comisión de Patrimonio y Promoción Cultural propuso a nuestra fotógrafa para uno de los premios Castilla y León 2006, que la Junta concede cada 23 de abril, a las personalidades de la región que han destacado en las artes, la investigación o la cultura.

Piedad ha trabajado en las tres, porque la fotografía es arte, porque la recuperación de nuestro pasado requiere una investigación permanente, al que se entrega cuando cierra su estudio; y porque nos deja como legado histórico un Museo Etnográfico con más de 140.000 negativos que hablan de la nieve, de la cosecha, de los oficios y costumbres, de la gente que habitó estas comarcas.

En una entrevista reciente para un medio regional, nuestra protagonista muestra su asombro porque, revisando sus archivos, ha visto duplicarse el contenido. Baste decir que dos personas llevan año y medio digitalizando imágenes y queda mucho trabajo pendiente todavía.

Nadie le va a quitar ya a estas alturas la satisfacción de haber cumplido con creces, con ella misma y con su tierra. La mujer se muestra agradecida por todo lo que ha recibido, pero entiendo que no basta, que la recompensa no es la justa. Ahora que a la gente se la premia por una canción, por un libro, por una escultura, nuestra paisana que ha dedicado su vida entera a rescatar nuestra memoria, merece mucho más que un premio.

No es cuestión de política. A uno siempre le marginan los hechos por más libertad que le otorgue la Constitución para expresarse con respeto hacia el lado que quiera. Seguro que le darán su nombre a una calle cuando muera y los libros locales le recordarán durante algunos años como la mujer que supo rescatar nuestra memoria de una forma altruísta y desinteresada, en un momento en el que tanto prima la moneda y tanto valor se le da a la farándula.

¿Dónde está toda esa camarilla de la Sociedad General de Autores de España, para que vengan a reconocer y a recompensar a una auténtica autora que cedió todos sus derechos al pueblo que la vio crecer humana y artísticamente?

Con razón se considera millonaria de emociones transmitidas a través de la fotografía. “Estás tejiendo tu vida con un hilo, pero de pronto te dejan otro hilo, y otro, y otro más... y vas metiendo en tu vida hilos de todas las personas que fotografías.”

Para ésta y tantas otras personas entregadas a rescatar la memoria colectiva, los premios siempre llegarán tarde.


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14 de octubre de 2006

Caravanas de mujeres

Miguel Angel Suárez, alcalde del pueblo vallisoletano de Villafrechós, fue el promotor de una caravana de mujeres celebrada en Mayo de este año en aquel pueblo de 540 habitantes de la Tierra de Campos. También en Julio, cerca de 35 mujeres visitan el pueblo segoviano de Cobos de Fuentidueña, localidad de unos 70 habitantes, la mayoría solteros, y de donde surgieron dos parejas en la primera convocatoria promovida por Asocamu. En nuestro país se inicia la imitación del movimiento en el pueblo aragonés de Pla en 1985 y se va haciendo hábito unos años más tarde en cantidad de pequeños pueblos, como Encinasola (Huelva) o la comarca asturiana del Tineo.





Agencias de viajes, Asociaciones e incluso bajo el patrocinio de los Ayuntamientos, como es el ejemplo de la localidad turolense de Fonfría o el municipio de Cárcheles (Jaén), una localidad de la Sierra Mágina con poco más de 1500 habitantes.

La idea está basada en la película del mismo nombre (1951), cuando el ganadero Roy Whitman, protagonizado por el actor John McIntire, demanda los servicios de un famoso conductor de caravanas, papel que encarna en la pantalla Robert Taylor, para que conduzca a un grupo de mujeres desde la ciudad de Chicago hasta su pequeña localidad de California con el fin de conseguir esposas para los hombres del pueblo.

En “Flores de otro mundo”, con guión de Julio Llamazares, Iciar Bollaín aborda los entresijos de las historias que llegan después; el tema candente de la inmigración, las ventajas y los inconvenientes de la vida rural, los condicionantes que aislan a la mujer rural de los conflictos y formas de la vida urbana... etc

En San Salvador lo anunció el alcalde Mariano San Abelardo en un pleno donde se aborda también el apoyo a la estación de San Glorio en abril del pasado año.

Los pueblos han ido mejorando su imagen, pero faltan servicios, faltan actividades, es difícil dotarlos de muchas cosas necesarias que cambiarían notablemente la visión de quienes por diversas razones han pensado alguna vez en regresar a ellos.

Todas las encuestas de los últimos años destacan que la insatisfacción de la mujer es mayor en los pueblos, y no por el hecho de ser mujer, sino por todas las circunstancias que marcan la vida de un pueblo pequeño.

A la mujer que ha desempeñado aquí los trabajos más duros, que se ha ocupado en solitario de las tareas domésticas, que ha suplido al Estado al ocuparse de viejos y enfermos, nunca se le ha reconocido con justicia, ha sido como un apaño, y como un apaño siguen promoviéndose estas caravanas de mujeres por la España rural, basándose sus organizadores en la tranquilidad, en lo bucólico, olvidando que pesa mucho en el ánimo de los de fuera la siempre incordiante servidumbre.

A finales de la Edad Media se hizo popular una célebre expresión: “El aire de la ciudad nos hace libres”, frase que ahora, ante el acoso tremendo del consumismo que padecemos y la saturación de los servicios en las grandes ciudades, pretendemos cambiar por el aire del pueblo.

La vida siempre te está poniendo a prueba, en todas partes. La vida rural, no cabe duda, tiene sus cosas buenas, de las que ya hemos hablado en muchas ocasiones, pero aquí, la mujer que venga –al margen de que halle a su media naranja- seguirá sin encontrar el reconocimiento que merece.

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7 de octubre de 2006

Los 100 años de Asunción



Decía el escritor irlandés Oscar Wilde: “Hay que simpatizar siempre con la alegría de la vida. Cuanto menos se hable de las llagas de la vida, mejor”.
Pero en cien años, las llagas no se olvidan.

Cuando uno llega para poder contarlo, lo primero y lo último que recuerda son las penalidades, los dolores, la ausencia de todo lo que ansiamos, los amores que no pudieron ser, la lucha titánica contra los elementos en un pueblo salvaje que ni Palencia sabía que era suyo.

Herreruela de Castillería es uno de los últimos pueblos de la sierra, limitando con Barruelo y Brañosera, y sólo la aventura diaria de acarrear los cubos de agua hasta las viviendas por unas cuestas empinadas, debió ser ya, imagínense ustedes, un calvario en verano y una misión casi imposible en invierno, cuando los neveros apenas dejaban ver las casas.

Allí nació un quince de agosto Asunción Cuevas Liébana, hermana de cinco hermanos: Fernando y Dorotea, que recalan en Bilbao; Albino, que inundado Villanueva de Vañes por el pantano Requejada llega a Cervera de Pisuerga y abre el Restaurante “El Resbalón”; Engracia, fallecida prematuramente y Vicenta, que compartirá con ella la vida en aquel pueblo.

La vida es dura para todos. Siempre. Pero imagínense un pueblo colgado en una ladera donde el agua que se bebe y el agua que sirve para lavarse, procede del río al que uno llega dando tumbos, poner el puchero a la lumbre, llevar la comida a los segadores, trillar, acarrear los frutos por caminos cerrados, hacer la matanza, preparar las cubas de vino para el invierno, y así meses y meses, años y años viendo pasar los días sin noticias de fuera.

El escenario donde voy recabando el resumen de una vida, es una pequeña cocina, mientras tres de sus hijas van desliando a saltos algo de lo que vieron, algo de lo que les contaron, lo que su propia madre les participó sobre el secreto para no llegar calvos a esta edad.

Bajar con el burro a la villa cercana para cambiar el azúcar por tocino, dormir a los pies de la señora de Cervera donde cosió aquellos dos inviernos y acudir con su padre a ofrendar por Santana a Polentinos. Y no hay misterio alguno.
“Venir de abonar las tierras, soltar las vacas y parir”. Como si parir fuera tarea añadida y fácil. Si se ponían enfermos los hijos bajar andando hasta San Salvador, por montes y cañadas.
Dado su carácter apacible –lo que no todos sus hijos firman– sus padres decidieron que Asunción sería su salvaguarda. “Mira, Asunción, eres tú la elegida”.
“Vale más tener hijos que enviudar” –le decían. Y cuando se moría un hijo (once que no llegaron o que no pudieron superar las pestes de la época), le consolaban:
“Mira hija, llora por los que te quedan, no llores por los que se te van, porque cada uno que se va, una silla que te prepara a ti en el cielo”.
Las hijas se tronchan recordando la escena, cuando iban todas a las fiestas con medias negras, y como sólo tenían un par y estaban ya ajadas por el uso, las embetunaban.

Y cuánto se aprende de cien años de vida. Y cuánto se aprende después de tantas cuestas como subieron aquellas piernas. No hay universidad más sabia.

Que siga tomando chocolate. Sáquenle al patio, que contemple la vega y atizenle la lumbre.

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28 de diciembre de 2000

Ninfa



Cualquiera de las deidades benéficas vinculadas a las aguas, bosques, selvas y montañas. Cualquier diccionario te lo dice. Otros te explicarán que con tal nombre se define a la joven hermosa. Y quienes nos movemos con desigual fortuna por los vericuetos literarios, añadiremos que, ninfa, en la mitología griega y romana, es la deidad femenina que personifica la fecundidad de la naturaleza.


En Redondo, a las tres de la tarde del día 8 de enero de 1903, ante el juez municipal don Nicolás Duque y su secretario Gregorio Duque, compareció don Joaquín de Mier, natural de Tremaya, con objeto de que se reconociera y fuera inscrita en el Registro Civil una niña a la que conoceríamos para siempre por el nombre de Ninfa.

Ninfa, pequeña flor del norte, nació en el domicilio del declarante, su padre, un labrador de 27 años y fue su madre Florentina Mediavilla, natural de Herreruela, provincia de Palencia. Nieta por línea paterna de Gregorio de Mier y de Juana Gómez, y por la materna, de Marcos Mediavilla y Gaspara Vielba, estos últimos nacidos también en Herreruela de Castillería. De aquella fecha memorable fueron fieles testigos los vecinos de Areños Ceferino Díez y Secundido Párbole y con esta cita casi fiel del acta de nacimiento de Ninfa de Mier, que nos dejó el 17 de febrero de este año (2000), doy cumplida respuesta a su nieto José Luis Estalayo, fraile franciscano de 5O años que reside en Méjico y por el que Ninfa sentía predilección.

Ninfa, permíteme José Luis que se lo diga a mis lectores, tal y como tú me lo transmites, simboliza el alma montañesa, porque Tremaya fue su cuna y en aquel pequeño rincón que mira hacia Tres Mares fue escribiendo su diario: las penurias del final de la guerra, el incendio que consumió su casa, las angustias de todo campesino que espera en jarras la cosecha. Y sé también por su boca lo que ahora me recuerdas, que hizo gavillas, rompió cabones, sembró, segó, acarreó la paja a la era; trilló, cribó y almacenó el grano para llevarlo luego al molino. Lector amigo, que me vienes siguiendo, estoy emocionado en medio de tanto recuerdo. Quizás la montaña esté expirando lentamente, pero mereció la pena una flor en ella como Ninfa.

Quizás nadie conciba para la montaña un modelo de vida que la llene de rostros como el suyo, de poderosa savia; de visitantes que de tanto venerarla vienen un día y se quedan en ella para siempre, que es lo que ahora nos hace falta.

Puede que este devaneo mío, este repiqueteo de campanas, este dalle de florituras que se van agotando a medida que se gasta la piedra que los pica, sea un golpe mal dado sobre la tierra seca. Yo creo que es un sueño que soñaron las mujeres y los hombres como la ninfa de nuestra historia, acostumbrados a los yugos y a las lluvias, quienes aún sabiendo que pocas veces llega la recompensa a su tiempo y medida, nunca dejaron de sembrar la tierra para que quienes vinieran detrás encontraran el surco que ellos dejaron y siguieran sembrando.

No podemos engañar a nadie. No debemos engañar a nadie. A veces nos viene bien un guiño para desconectar de tanto fulgor como se nos vende a diario, porque si repasamos los titulares de la prensa de los últimos meses, comprobaremos que la montaña palentina se está vaciando de ninfas que la trabajen y la mimen, y está llenándose de astutos negociantes que la engalanan sólo y únicamente con el propósito de exprimirla en beneficio propio hasta las últimas consecuencias.

De este modo, la tierra, como las gallinas y los hombres que no reciben el alimento adecuado, dejará de servir como surco para las generaciones venideras y las ninfas, como la Ninfa de carne y hueso que alimentó esta historia, perderá todo atisbo de cordura y belleza.

"Cuando muera -había dejado dicho- me vistes en el suelo, pones una sábana blanca en la cama y me colocas sobre ella".

Si te ha gustado, no dejes de ver la entrada relacionada:

La historia de Ninfa contada por su nieto desde México

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14 de marzo de 2000

A tí, mujer

Matilde Herrero, tía segunda por línea parterna y vecina de Lores, guardaba como un tesoro los libros de cuentas y de historias, algunos de los cuáles recibí como herencia una vez que los sobrinos repartieron sus pertenencias.
Matilde era una mujer noble. Siempre decimos cosas buenas de los muertos, pero sirva de acicate mi visita semanal a su casona, lo que activaba mis deseos de aprender cosas relacionadas con la tierra: cómo se desarrollaba el trabajo en sus tiempos de moza, cómo era la convivencia; tradiciones que se vivían con una vocación hoy en desuso; costumbres que hacían leyes, o servidumbre que ella misma experimentó en Piedrasluengas, donde asimiló tanto las coplas de aquel horquero trastornado, que todavía la recuerdo de pie, de espaldas a la trébede, en aquella cocina recogida (con una puerta lateral que daba al horno donde se hacían las mejores rosquillas del mundo); la lumbre a medio gas y sobre las parrillas un pequeño puchero, mientras la mujer iba recitando de una manera tal los hechos que se confundía la realidad con la leyenda.



Matilde era una mujer de mucho carácter y su genio se fue haciendo más ácido a medida que fue asimilando el distanciamiento de las familias. Viuda durante muchos años, llevaba bien en cuenta los trabajos de su marido, Juan Benito; le nombraba con un respeto poco habitual en estas tierras donde se tiende a olvidar pronto a los muertos, incluso a aquellos muertos que fueron nuestros vivos más nuestros. No en vano, Juan Benito fue secretario y asesor de varios pueblos, que tal historia la he repetido ya cuando hablé de Laureano Abad, secretario de Polentinos, quizá más ducho en leyes, hombre que devoraba los epistolarios y boletines oficiales, informando puntualmente a quienes requiriesen sus servicios de los trámites a seguir en cada caso, llegando en algún momento de su ajetreado compromiso a recabar votos para el Marqués de la Valdavia.

Yo me impresiono fácilmente hasta con los casos más sencillos. Es un defecto o una señal heredada de esta buena masa castellana, que alcanza en estas latitudes el vigor y la savia presumible en los mejores vinos.

Lores era el paso obligado hacia nuestro puerto de Pineda, cuando los concejos asignaban mediante sorteo o votación los días de vecería que había de guardar cada vecino, siempre de acuerdo al número de cabezas que cada cual tuviere.

Como la gente que la conocía, yo también me preguntaba muchas veces de dónde provenía el misterio que llenaba su hogar. Esto que ahora les cuento y otras historias en las que tan activamente tomó parte esta montañesa, sólo tienen la importancia de una huella. Es un pequeño estigma que en todas partes late y en el que pequeños y grandes introducimos nuestros dedos buscando campanillas. Es una llaga abierta que poco a poco va llenándose con el aroma nuevo de otros nombres. Y la tengo presente. Aquel luto peremne prendido de su cuerpo, resaltando su rostro de blancura perfecta, resbalando por su mejilla una lágrima eterna; su pelo, liso, albino, recogido en un moño; sus manos, una sobre la otra, como ayudando a gesticular las mil razones de mucho peso que a lo largo de los años fue guardando en su pecho.

Esta obsesión mía por repetir escenas y paisajes (no importan los motivos que impulsaran mi alejamiento físico de la madre y de la tierra que me dieron la vida), va más allá de cualquier capricho pasajero. Que a nadie se le ocurra tirar piedras a este tejado mío por eso, porque le abriré un terremoto de razones que le ahogará a su paso.

Aquella mujer era, como lo fueron tantas otras, como hoy mismo lo siguen siendo las que quedan, la resignación y la esperanza de esta vieja tierra; la primera obligada para vencer sin desmayo todas las situaciones de peligro; la segunda, la fuerza que nos lleva a buen puerto.

Cuando se repartió su patrimonio, algo de lo que dejaron los astutos ladrones, yo ni siquiera pensé en el fin de una historia, porque siempre aprendí que detrás nuestro va quedando una llama. Recuerdo su mirada apagada en un asilo de Aguilar de Campoo, mientras miro hacia su casa, expoliada y vendida, y veo aquellos arcones, las vajillas, los calcetines que ella misma tejía, las monedas de los reyes de España, la mesa de nogal y los enseres entre los que creció y desde donde con sus bondades y defectos se fue proyectando a los demás.

Solamente creí percibir un cambio en su manera de actuar el último año que la vi con vida. Pero fue un instante nada más. Ahora he vuelto a encontrarla. Ahora la sigo viendo en esos rostros llenos de sol y de agua, curtidos por la nieve y el viento, rememorando escenas de la guerra pasada a las puertas de aquellos soportales, esculpiendo sin querer un homenaje a todas las mujeres palentinas.

Imagen: Lores, por José Luis Estalayo

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Orígenes Montaña Palentina

El autor

Froilán de Lózar. Publicista-Escritor.

Premio de periodismo Ciudad de Palencia; II Premio Internacional de Poesía "Diego de Losada" (Zamora); Premio Nacional de Novela Corta "La Tribuna de Castilla (Valladolid); Finalista Premio de Novela Bubok-Lengua de Trapo, 2016.

La más bella canción: los libros

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