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Mostrando entradas de marzo, 2000

Tapar un hueco

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Existen grietas casi imposibles de tapar. Lo saben quienes viven allá, aferrados a la tierra que tanto decimos añorar los que nos fuímos. Un lector me llama para pedirme que regrese.



Y lo cierto es que no me costaría nada romper algunos lazos que ahora me atan aquí y buscar la paz y la serenidad que no hallamos en este punto del país (por otro lado con esa imagen nueva de turismo moderno y acelerado que ahora se viene prodigando). Pero también aquí es necesaria nuestra presencia, no por esto que vemos, sino por aquello que dejamos; no por este mal que nos atormenta y nos persigue, sino por aquella familia que un día nos despidió a la puerta de casa sin poder precisar quién padeció más, si aquellos que se quedaron o aquellos que decidieron buscar fuera lo que allí no encontraban. Al fin y al cabo, aunque utilicemos un tono poético para decirlo, peregrinos somos todos, porque todos pasamos, hasta aquellos que nos esperan impacientes junto a la vereda que conduce al Cueto. Ocurre habitua…

El mejor tesoro

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En otro artículo de esta misma serie mencionamos la cueva del Neredo, en Lores, donde los vecinos buscaron en otro tiempo una caldera de oro, ayudados por una adivinadora de Santander que aquí perdió el olfato y las supuestas dotes. La misma curiosidad que años antes le había llevado a un sacerdote a entrar con un brazo de velas que se le agotaron, regresando al pueblo con las manos vacías. Una historia similar me la transmitió Francisco Pérez, de Polentinos, pueblo en el que se suscita “la leyenda de la piel de toro”, que rezaba así: “A la orilla de un camino, cerca de una fuente, está enterrada la piel de un toro llena de oro”. También los vecinos de este pueblo, próximo a Carracedo, se toman la leyenda al pie de la letra y la buscan en dos lugares: la fuente grande, cerca de Vañes, que mana al lado de un camino y en el terreno denominado “los salguerales”. A mediados del pasado siglo sus abuelos les cuentan la película que describe los hechos. Cómo fueron llamados los vecinos a hue…

A tí, mujer

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Matilde Herrero, tía segunda por línea parterna y vecina de Lores, guardaba como un tesoro los libros de cuentas y de historias, algunos de los cuáles recibí como herencia una vez que los sobrinos repartieron sus pertenencias.

Matilde era una mujer noble. Siempre decimos cosas buenas de los muertos, pero sirva de acicate mi visita semanal a su casona, lo que activaba mis deseos de aprender cosas relacionadas con la tierra: cómo se desarrollaba el trabajo en sus tiempos de moza, cómo era la convivencia; tradiciones que se vivían con una vocación hoy en desuso; costumbres que hacían leyes, o servidumbre que ella misma experimentó en Piedrasluengas, donde asimiló tanto las coplas de aquel horquero trastornado, que todavía la recuerdo de pie, de espaldas a la trébede, en aquella cocina recogida (con una puerta lateral que daba al horno donde se hacían las mejores rosquillas del mundo); la lumbre a medio gas y sobre las parrillas un pequeño puchero, mientras la mujer iba recitando de una ma…

Cuestión de carácter

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Cuando el presidente de una gran cadena de establecimientos recurrió a la fábula de la rana y el escorpión, pensé inmediatamente en trasladársela a ustedes para dibujar la situación que padecemos, que amenaza con encallar ese inmenso barco de ilusiones que durante los últimos años hemos venido manejando. Cuentan que una rana y un escorpión se encontraron un día a la orilla del río. Los dos querían cruzarlo. El escorpión no sabía nadar, pero le ofreció protección a la rana para que le ayudara.
—¿Cómo sé que no me picarás mientras cruzamos el río? —le preguntó la temerosa dama. —Pues, muy sencillo –respondió el escorpión–. Yo no sé nadar y si te picara moriríamos los dos.
La rana, convencida, dejó que el escorpión se subiera encima y comenzaron a cruzar el río. Hacia la mitad del recorrido, el escorpión clavó el aguijón en el cuerpo de su portadora, que incrédula, mirándole, acertó a exclamar:
—¿Por qué lo has hecho, si sabes que tú también morirás? Y el escorpión le contestó: —Porque…

El monasterio

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Cinco kilómetros al oeste de San Salvador de Cantamuga, se encuentra el monasterio, que debió ser -conforme atestiguan viejas crónicas-el más importante de estas altas tierras del Pisuerga. Sanatorio antituberculoso, colegiata, abadía y seminario menor.
El edificio se halla enclavado a los pies del monte, recogido al comienzo de un extenso valle, mirando de costado al Peñalabra. Para llegar hasta este rincón de la provincia, mansión que fuera del poderío eclesiástico, hemos de atravesar Lebanza, pueblo al que debe su existencia.


En 1179, el obispo palentino don Raimundo, concedió 10 días de perdones a quienes trabajaran para reconstruir el monasterio, doblando la absolución a los vecinos que aportasen carro y pareja de bueyes. (Precedente que puede derivarse de las viejas ordenanzas de estos núcleos montañeses, como la llamada huebra de concejo, que tenla lugar en el mes de mayo y donde se acordaba la limpieza de las calles, excluyendo de la sanción de dos reales a aquellos vecinos que…

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El descubrimiento del carbón

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El Santuario del “Carmen”

Pueblos desaparecidos y despoblados (I)

Mahou

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