El tributo del invierno

Suelen sugerirnos los grandes pensadores que eliminemos de nuestra mente los malos recuerdos porque son piedras en el camino de la felicidad. Y un refrán dice que “no hay mayor puerto que el de la puerta de casa”.

 

De nuestros puertos sabe mucho Enrique Delgado, barruelano que luego se estableció en Cervera y que para los paisanos de la montaña fue durante muchos años la referencia de la luz, de la vida, de la libertad, porque venía al volante de la quintanieves. En una entrevista que me concedió para "El Norte de Castilla", contaba lo que le dijo Benito Tejerina cuando le encontró un invierno atrapado en su coche en el alto del Vallegón: “Lo he pasado peor aquí que cuando estuve en la guerra, en Teruel”.

En un balance que realiza Sebastián de Miñano sobre la provincia de Palencia, se cita a Camasobres, pueblo habitado entonces por 237 almas, e inmmerso por aquellos años en el oficio de la carretería para el trasnporte de sales, construcción de barriles para harinas y aperos de labor. Un pueblo que produce centeno, mucha hierba y alguna porción de trigo y lino. En el atrio de su Iglesia, grabado en una piedra, recuerda el sacerdote Daniel Fernández en “Apuntes Palentinos” que aparece la siguiente cita:

“Año 1713. A 26 de febrero comenzó a nevar y no cesó hasta el 29 de abril. Ese día había 12 varas”.

Como ocurría a mediados del siglo pasado en Lores, aquel fue un año en el que los habitantes de nuestra montaña se debieron emplear a fondo para hacer auténticos túneles, ya que las plantas bajas de las viviendas estaban cubiertas de nieve.

Hace unos días me llamaban de allá para decirme que en Piedrasluengas este año han tenido que salir por las ventanas a la calle.

Una cadena de televisión hablaba de la cruz que les toca soportar todos los inviernos a los vecinos de Salcedillo, cogidos en medio de la disculpa eterna de las dichosas competencias y otro medio nacional mostraba la estampa de Camasobres, con una nevada que casi volvió a tapar su iglesia y con un espesor de nieve que ya nadie esperaba después de tantos años de sequía.

Rebuscando historias –las tengo a miles repartidas por mi oficina–, encuentro el libro de Gabriel González, donde, en sentido poético, habla del tributo a exigir a los de “Tierra de Campos”, “pues conservamos la nieve que alimentará el pantano”. Y sigue apuntando:

“Van a pagar de momento,
unos mil sacos de hieros
para envernar los ganados.
Para hacer el San Martín,
esto es también necesario,
den mil arcos de cebollas
y otros mil ramos de ajos...”



Y llevando la anécdota al punto más alto: ...si los de Campos hicieran oídos sordos y no se hiciese frente al pago de esos tributos que decidirían en Concejo, propone desviar el agua de Cueva Cobre al Ebro.

Bromas aparte, quienes pagan con creces el tributo del invierno son estos últimos pueblos de Palencia, afectados por el infierno de la nieve, y en muchos casos, olvidados por las autoridades que apelan de contínuo a las competencias no acertando a dirimir en qué lado se encuentran, si pertenecen a esta provincia, si vendrá alguien a despejarlos el camino; si mientras llegan, no pasará nada que rompa la aparente calma.

A los periodistas de esta casa les interesa rescatar ante todo y antes que otra cosa, el estado de ansiedad en el que se han venido debatiendo las almas que habitan Salcedillo, pueblo palentino que ha visto el camino abierto gracias a las máquinas quitanieves de Cantabria. Los ganaderos, con buena lógica, han puesto el grito en el cielo ante el desconcierto y la apatía que se percibe en sus respectivos municipios. Por una parte, la normativa les obliga a construir las naves fuera de las localidades y, ante un invierno crudo como este, se las ven y se las desean para llegar a atender a los animales.Las autoridades locales ni sal, ni máquinas en condiciones, ni caso.

Estamos hablando de hechos que se repiten cada año. Una cosa es que implique más esfuerzo y compromiso llegar a estos lugares, y otra que nuestras autoridades se lo tomen con tanta pachorra. A mí no me gusta lo de hablar de soluciones de todo tipo para los nuestros en otras comunidades, pero comprenderán que uno se separa, se anexiona, se congratula al fin con aquellos que le tienden la mano cuando llega la urgencia.

Y, finalmente, eso será lo que suceda con la Sanidad, con la Educación, con el invierno y, al fin, con todo. Pueblos palentinos que, como Treviño, acabarán dudando razonablemente de su condición de castellanos y volverán los ojos, lo más lógico, a quienes les presten los servicios.


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