Peligra el hombre


Esther Sanguino, una abogada especialista en Medio Ambiente, nos entrega una receta para mejorar y aliviar la depresión que sufre el término rural. La premisa básica es sensibilizar al ser humano hacia el disfrute de la naturaleza “sin aditivos”. Y después, rehabilitemos los cascos urbanos rurales con grandes redes de alojamiento que guarden esa esencia rural, y que puedan los lugareños construirlos y explotarlos. Al recalar su artículo en una página ecológica anima a impulsar la venta de productor de la tierra y artesanales, fomentar la práctica del senderismo y el esquí de fondo, la escalada, el alpinismo...

Pero, sobre todo, hay en su propuesta algo que toca el alma de quienes saben lo que es perder el tren del futuro a base de conservar las cuatro paredes de su casa y cito sus palabras: “Dependemos de nuestro entorno para sobrevivir, por lo que, con cada especie que se extingue, con cada habitat que desaparece, nos estamos destruyendo también a nosotros mismos”. Dice un viejo proverbio: “Al peligro con tiento, y al remedio, con tiempo”, lo que desmenuzado señala que en las cosas peligrosas se ha de proceder con detención, y en las que piden remedio, con actividad. Pero aquí todo sigue un desorden natural que nadie se atreve a desclasificar. Si usted pregunta en cualquier pueblo, por norma general, por hábito de lo que siempre fue así, le dirán que todo es normal, que todo está en orden, que no hay nada que cambiar lo poco que estiman necesario. Un amigo, desde Palencia, me anima a seguir adelante con esta columna, que hay mucha gente que me lee y me comprende, y bien sabe el redactor que me resisto a dejarla porque siempre se remueven las conciencias, pero no soy yo el que tienen que moverse, porque para nada me afecta ese aletargamiento que subyace, centrado cada uno en sus cosas, sin ocasión de buscar un lugar y un momento para hacer una llamada de todo aquello que, en mayor o menor medida, implica a todos los habitantes de la montaña.

No nos destruye la muerte de un oso, ni la tala de un bosque, ni el cierre de una mina. No nos detruye el invierno más crudo, ni el verano más seco. Nos destruye el silencio. A todo se acostumbra uno, de todo se acaba saliendo, pero el silencio nos conduce hacia la depresión y hacia el olvido, qué curioso, en un lugar donde el silencio es la más bella forma de atrapar los sentidos.Y aunque sea difícil movilizar a tantos pueblos, pequeños y dispersos, es evidente que nadie quiere la muerte de su tierra. Se dice en un momento de arrebato, pero sólo un loco quema aquello que quiere. Y todas las fórmulas que manejaban los que se oponen a las nuevas, no han aportada nada para confiar en ellas. 

No hay nadie que haya cuidado mejor su tierra que esta gente. La entregan virgen, no sin ciertos recelos, y cual no es su sorpresa al comprobar que quienes la reciben y se precipitan a establecer normas sobre ella, desconocen sus fueros, desconfían de sus hábitos, se niegan a reconocer la labor de guardería que estos pueblos han venido ejerciendo sobre montes y valles, sobre prados y animales. Ahí están los adjetivos que no dudan en calificarla como una tierra espléndida, como un legado valioso por el que tendrán que seguir velando las generaciones venideras, porque no vela el que más habla, sino el que más vigila; no ama el que más argumentos esgrime para su defensa, sino el que pega su piel a ella y soporta estoicamente lo que venga. 

Aquí no hay vencedores, pues no hay guerras. No se extingue la raza porque el hombre la cace, se extingue porque ha cumplido un ciclo. Los pueblos se acabarán cayendo como Los Llazos, como Casavegas, como Piedrasluengas. Peligra el hombre. El hombre es el que desaparece, no la tierra que lucirá bien para la cacería de los terratenientes que la adquieran.

Lo +visto el último año

El descubrimiento del carbón

Mahou

Curavacas

Piedrasluengas

El Santuario del “Carmen”

Usamos cookies que recogen datos sobre sus hábitos de navegación. Si continúa navegando consideramos que acepta su uso. OK Más información | Y más