Reserva de la Biosfera


Mi buen amigo Amando Vega, profesor de la Universidad del País Vasco en Donosti, que tantas bellas imágenes de la Ojeda proporciona para mi web de la montaña y que sigue mis comentarios a través del diario digital, me hace un guiño sobre un texto que publica Luis Mateo Díez, y donde se recoge el frescor y la leyenda de los valles leoneses: Babia y Laciana, que lo ostentaron primero y Luna y Omaña que reciben el nombramiento en el verano de 2005.

Los títulos no siempre dicen la verdad de lo que se esconde detrás de ellos. Son más bien, entiendo, una disculpa para protegernos en el sentido más ambiguo y cumplir así con todo el mundo, porque sabemos que de poco sirve renombrar algo que ya hemos valorado suficientemente, si no le dotamos de energía, que a saber también hasta dónde queremos llegar, sin olvidar que a veces son los propios habitantes de los pueblos los que no quieren ni oir hablar de emprendimientos.El título les aporta a quienes lo emiten, una especie de garantía, como el que dice, nosotros ya sabemos lo que ustedes atesoran. Y lo que verdaderamente nos molesta e inquieta es que el título se extienda para que sirva de advertencia a propios y extraños, de manera que se valore y se preserve algo, sin considerar que ha sido precisamente el esmero de quienes allí viven, lo que ha posibilitado esa declaración con su medalla.

Hay una llamada del autor leonés que da de lleno en la diana. Es la que se refiere a la visita, al viaje que realizamos al corazón de estos rincones y que, aunque breve, siempre nos sugiere alicientes extraordinarios, siempre nos remueve ese rincón de la memoria donde se acumulan los recuerdos, no concibiendo que ese mundo tan cercano en nuestras experiencias tenga su futuro en el pasado.

Cuando el escritor recuerda el mito pastoril, y aunque hace referencia a la versión más extendida, que sitúa a los reyes de León en los cazaderos de Babia, lejos de las obligaciones y compromisos cortesanos, entregados al “dolce far niente” y al nada quiero saber, se fija sobre todo en la mirada perdida de los pastores:

“Estaban en Babia”, ensimismados, transpuestos.

Yo releo y cito en el libro que preparo estos días, la experiencia de los pastores en nuestros puertos de Pineda, donde los valles y las leyendas se entremezclan con una majestuosidad incomparable.

Si los comisarios de la Unesco tuvieran la ocasión de visionarlo, lo añadirían sin contemplaciones a esa biosfera de los valles leoneses. Y conste que no es cuestión de envidia ni recelos, porque los títulos como ya dejé dicho, no implican un cambio en lo más básico, en lo que es a la vista de todos, en lo que se conserva sin priorizar obligaciones, en las sensaciones que aportan a quienes con respeto lo contemplan.

Alfonso X el Sabio ya otorgó al Valle de Laciana un fuero de reconocimiento que establecía el Señorío de su Concejo para que los depredadores feudales no pudieran cometer sus tropelías. Mucho más que un título, que también se agradece, porque lleva implícito el reconocimiento a ese patrimonio tan abundante y rico, es importante que autoridades y vecinos con ayuda de las Instituciones, recuperen los caminos, se nieguen a la demoledora práctica del cielo abierto, aúnen fuerzas para soldar todas esas trabas y malentendidos que van socabando la convivencia y, sobre todo, que nunca dejen de abrir su corazón al mundo.

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