Los caminos de la montaña

Los caminos de la montaña, como los del Señor, son inescrutables. Te llevan por lugares que nunca pisaste a la cima de las más altas cúspides. Una de las visiones más increíbles la tuve en la Sierra de Brañosera, por encima del refugio “muerto” del Golobar.

 

Hacia un lado, la cuenca minera, como valle encantado: “luz de Madrid” –dijeron los cronistas de la época–. Hacia otro lado, como eslabón de una cadena interminable, un montón de montañas que escalonadamente te van alejando de la tierra: Sestil, Cueto Mañin, el Cuchillón, Pico Tres Mares y Peñalabra”. Muchos de ellos sé que existen, que están allí enclavados, los reconozco cuando me los nombran; los viejos del lugar me los señalan, pero lejos de este contorno a más de uno no acertaría a situarlos sin un buen mapa delante de los ojos.

Hace ya algunos años, por la puerta de Herreruela de Castillería llegamos a la Cueva del Cobre, después de atravesar los lugares del Cuadro y la Centella, donde compartimos café con los pastores extremeños. Lugares de Sotosorrocedo, el Desanche y las Babosas; las Adras, Campullao; en Celada, la garganta de las traviesas y Tejedo en terrenos de Redondo. A medida que asciendes, tal y como el gran angular de una buena cámara, la imagen se hace enorme y al asomarte al puerto de Corisa recoges también elementos de agua: las colas del Pantano de Requejada, el Pantano de Aguilar de Campóo y el extenso bosque de la Castillería con sus pequeños pueblos que aparecen y desaparecen a gusto del caminante. Sobre la cima del Cueto, a contraluz, vacas y terneros pastan asomados al valle de Mudá.

Pues bien, si aquel camino era ya una postal emocionante, si aquél paraje te llenaba de fuerza y a trozos se te iba desbordando el alma, la visión de la tierra palentina desde aquellos lugares de La Braña, es una expresión máxima que nunca acertaría a definir con precisión en estas líneas.

No se puede pedir más perfección. Si quienes viviendo en la montaña, desconocen la impresión que se recibe asomándose a los valles y a los pueblos desde una de las cimas más altas de la provincia, nunca describirán de la misma forma los sonidos y la historia del pueblo. Ocurre algo parecido en Vidrieros. Esa misma leyenda que habla de un monstruo enorme es una alegoría que trata de hacernos comprender la grandeza del lugar a través de una fiera que no existe. Porque, de otro modo, ¿es posible imaginarse encanto mayor que, en medio de uno de nuestros mayores símbolos –como es el Curavacas–, surga un lago? ¿No es digno de mencionarse un mirador como Peña Tremaya, desde donde se divisan pueblos como Areños, Los Llazos, San Salvador, Tremaya, Redondo, Urbaneja, la Abadía y el Campo? Y apurándome un poco, sin hacer demasiados esfuerzos, aquellos que viajan a Potes y se detienen a estirar las piernas en el Collado de Piedrasluengas, un día claro, asistirán a un magnífico espectáculo: el valle de Liébana y los Picos de Europa.

Desde Polentinos o Resoba, los caminos te llevan hacia el pasado más reciente de estos lugares, recorridos antaño por carreteros y feriantes y, la belleza se manifiesta a cada paso, en cada pueblo. Cada parada va llena de un halo misterioso que impregnará los huesos del viajero hasta absorverlo por completo. De igual forma que Gabriel García Márquez asegura no idealizar Aracataca, su pueblo natal, y viaja con nitidez por la tierra de sus antepasados, yo vuelvo los ojos a los míos, hurgando con la paleta del recuerdo en esa especie de brasa que, movida por tanta gente, ha devuelto una luz de esperanza a tantos pequeños y acogedores pueblos de la montaña palentina.

Como emigrante tengo la impresión de haber perdido una batalla: la vuelta a tu lugar de origen es cada día más imposible, porque son muchas y a veces insalvables las cosas que te atan a tu lugar de residencia.

Como nativo de esta tierra, me aferro a la ilusión, invoco al sueño, paseo diariamente por los caminos que recorrí de niño. Soy consciente de que, a pesar de haber andado tanto, quedan paradas de belleza increíble a las que no me condujeron ni la publicidad ni las buenas gentes que aquí moran. Sencillamente porque, quienes hacen la publicidad no saben lo que significa vivir aquí trescientos sesenta días al año y, para quienes viven aquí, este paraíso sigue siendo el camino más natural del mundo.

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