La Abadía de Camilo


“En la abadía de Lebanza se está bien y tranquilo. Queda lejos, en Cervera de Pisuerga, provincia de Palencia, pero se está muy bien. El viaje merece la pena”. La nota está extraída del libro “San Camilo”, de Camilo José Cela, prologado por Francisco Umbral y cuyo lanzamiento levantó mucha expectación en su momento. Cela llevaba algunos años sin publicar y afrontaba en la misma la guerra civil, en los tres días cruciales del levantamiento, y por lo tanto, en la festividad de San Camilo que es el 18 de Julio.


“En la Abadía de Lebanza –prosigue en su monólogo– por doce pesetas te dan pensión completa en habitación con agua fría y caliente y lavado de ropa incluido, cinco comidas diarias y toda la leche y todos los huevos que quieras y que seas capaz de comer”.

Cuando Camilo escribe de este lugar haciendo un canto incluso a la altitud, los 1500 metros sobre el nivel del mar, más que el doble de Madrid, y “el ambiente despejado y sin niebla en el que se respira un aire muy fino y desintoxicador”, es como si tratara de mitigar aquel levantamiento que se vive en las calles de Madrid y que los protagonistas movidos por su mano parecen ignorar, comiendo, festejando, viviendo a tope aquellos últimos y pacíficos días de lo que denominaron Belle Epóque. ¿Qué le impulsa al viajero de “La Alcarria” a fijar sus ojos en este santuario mariano? ¿Visitó él la Abadía y se siente impactado por el lugar o toma referencia por boca de algún escritor o político del momento?

No es la primera referencia a nuestra tierra. En “La Colmena”, su obra cumbre, cuya primera versión no pasará la censura española y se publica finalmente en 1951 en Buenos Aires, se nos habla de Dorita, expulsada de su casa por haber tenido un hijo de soltera: “La criatura fue a morir una noche, en unas cuevas que hay sobre el río Burejo, en la provincia de Palencia. La madre no dijo nada a nadie: le colgó unas piedras al cuello y lo tiró al río, a que se lo comieran las truchas”.

Al hilo de esta semblanza, abro el correo y me encuentro con la carta de una lectora natural de la tierra, que se muestra agradecida por tantas vivencias y costumbres como se van mostrando en estas páginas. La tierra envejece, en pocos años se han ido muchos seres queridos, pero es verdad que las montañas, los valles, siguen expuestos a la mirada del viajero, aunque ya no haya tanta leche en la Abadía y lo que se vea, con el mismo esplendor de aquellos años -porque nada ha cambiado en el horizonte-, no invite a una estancia muy larga y sosegada.

Una de las páginas consultadas hace referencia, precisamente, a los años de la posguerra, cuando la Abadía fue Seminario Menor, dedicación que obliga a realizar algunas reformas que, al decir de los críticos, no se muestran respetuosas con la traza original. Clausurado el seminario, las instalaciones se utilizan como Colonias veraniegas hasta caer en el olvido que hoy soportan.

Sí es verdad que en el artículo anterior me mostraba a favor de recuperar esos capiteles románicos que se encuentran en la Universidad de Harvard, pero al ritmo que van las cosas por estas tierras, tal vez no sea el momento de reclamar nada. Sería más sensato que las autoridades tomasen las medidas oportunas para recuperar turísticamente este rincón que hoy yace en el olvido.


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