Volver todos los días

Creo que es Llamazares, en una especie de libro autobiográfico, el que se recrea con los temores de la mina. La tremenda impresión que produce ver a un hombre metido dentro de un agujero diminuto, abierto en el costado de la galería, buscando la posición menos incómoda para hincar la herramienta, hasta habilitar una cueva en el aire, consciente en todo momento de que puede hundirse y atraparle.




Ese es uno de los recuerdos más vivos que me quedan del siglo que dejamos atrás.

De igual forma que los antiguos cántabros se reunían bajo el tejo, o los veceros de la Castillería pastoreaban sus ganados buscando el refugio del roblón de Estalaya (uno de los árboles más viejos de la Península), quienes llevamos grabado a fuego la historia de este rincón de la provincia, enseguida se nos hace familiar la torre de criba, las escombreras de Pijo y Sanfesa, los lavaderos y cuarteles.
A leve contacto que hayamos mantenido con los mineros –que en mi caso fue y sigue siendo profundo–, entenderemos el significado de los pozos, las vagonetas, las rampas, el testero y, en suma, la importancia de un producto que hacia mitad del siglo condiciona y empuja el progreso de estos pueblos palentinos.

Pero sin restarle méritos a los factores que lo hicieron posible, como la existencia de un capital importante, o la presencia de una mano de obra, todos los habitantes de estas comarcas pasamos por el trance del accidente. Yo creo que todos, hasta los más pequeños, vivíamos esperando el final de cada jornada con la incertidumbre de un posible percance que pudiera privarnos, como de hecho nos privó, de la presencia de tanta gente.

Estas historias y la promoción del hombre por encima de todo, han venido motivando mi presencia en los medios, aunque no siempre lo hiciera como era necesario, ni tengan mis fuerzas la magnitud que precisan las gentes de esta tierra, quedando muchas veces los problemas ocultos, ahogados los lamentos en este pozo interno que me fue devorando, que todavía hoy me pide que le escriba.

La mina, bien lo aprendimos todos, era el último refugio, una solución buena desde el punto de vista económico, pero que llenaba de temor a las familias: había un riesgo permanente: sigue habiéndolo hoy, en la medida en que siguen latiendo varias explotaciones, y cada muerte implica un desgaste anímico, porque, después del consiguiente duelo, los hombres estaban obligados a regresar al tajo.

La historia de la mina y del minero va mucho más allá de cualquier trabajo o ensayo. Faustino Narganes, el hombre que vio florecer la minería desde su pueblo de Traspeña, habla bien de la primera en su discurso de toma de posesión como Académico de la Tello Téllez (1997). Bien habló de la minería mucho antes Barrio y Mier, que ya en el siglo XIX, mencionaba el caso de Ciriaco del Río, cura párroco de Salcedillo, que al regreso del mercado de Aguilar se dio de bruces con aquellos pedruscos.

Y lo cierto es que aquella prosperidad pasó, pasó todo y todo se nos quedó en las efemérides. Hay un dato que a mí siempre me sorprende: cuando contamos la historia nos olvidamos de los hombres, los mismos que ahora, paradojas de la vida, están tristes porque casi todas las minas del contorno han quedado en silencio, muda la galería, callado el lavadero...

Aquella espera de la madre que, finalmente se traducía en dolorosa muerte; en siniestro, para un vecindario acostumbrado a la bondad y a la catástrofe que aportaba la piedra, lo explica muy bien en dos palabras el barruelano Francisco Merino Bravo: “... y su madre no le oye porque está en este momento/ esperando como siempre/ a que regrese el minero./ Con la mesa preparada,/ con el agua bien dispuesto¡...”

Y, al final, cuando ya sólo queda la esperanza de verlo entrar por aquella puerta, le llega el mensaje con la escueta y terrible noticia: “Su hijo ha quedado dentro...”
Yo he querido leer sus inquietudes muchas veces. He mirado sus miradas donde se lanzan preguntas que nadie sabe contestar.

En estas historias, como en casi todas las demás, hay una tendencia a la resignación: los políticos siguen tejiendo a su manera, cada político espera del otro que se las apañe como pueda, y aquella bondad, aquella hospitalidad, la piedra vetusta que lucimos va poco a poco desluciéndose y una incomprensión roza con otra y se puede cortar el descontento.

Lo irremediable, lo fatídico, ese final del que muchos autores se hacen eco, no es otra coas, lector amigo, que la impotencia llevada a lo más alto, donde todos oficiamos de espectadores y cronistas.

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