El sentimiento de las tres íes

Alguno de los posibles lectores de este cuaderno, puede pensar, si no conoce la enjundia de la montaña palentina, que estamos desgranando historias de hace cien años. Desgraciadamente, muy pocas veces vienen a corroborar lo contrario grupos y asociaciones, porque son pocos los que quedan y ya no hay fuerzas para emprender otros caminos.

 

Uno se consuela leyendo el periódico, y así leo que después de muchos años en Medina de Pomar se ha descubierto que hay un descontento general ante el abandono que se padece en la zona norte de la provincia burgalesa.

La injusticia es evidente que se extiende más allá de nuestros propios campos, pero pobre consuelo es ese. Es triste que no haya en cien kilómetros a la redonda un centro médico en el que podamos confiar, bien por falta de instrumentos o de especialistas. La población rural sigue descendiendo, lo que marca una sensación rara de impotencia. Sabemos que individualmente no se consigue nada y por otro lado, agruparse en estas localidades cuesta mucho, siempre que las personas viven pensando que los problemas son cosa de los alcaldes de turno, prefiriendo someterse a las iniquidades, antes de poner un algo de su parte.

De rebote, los alcaldes que saben la indignación que se respira, se sienten a su vez impotentes ante la escasez de ayudas que reciben por parte de los organismos provinciales. Ahora mismo parece injustificado un recorte, pese a la situación global que se padece, y han de ser los núcleos grandes los que cedan un poco de otras prestaciones hasta que se nivelen los conciertos en temas de absoluta necesidad.

El transporte de viajeros que se ha iniciado por las zonas de Mudá o de Barruelo y que ya en su día se acercara a los pueblos de Pernía y Castillería, no es en modo alguna una compensación suficiente. Así pues, indignación, impotencia e iniquidad, tres conceptos que crecen a medida que el pesimismo se acentúa. Las personas representativas de los municipios, a la vista de los beneficios que parece ofrecer el compadreo político, se cambiaron de la noche ala mañana de siglas, intuyendo que esto iba a ser fuente de recursos y ha llegado a tal extremo la contusión que ya nadie sabe lo que pretende nadie.

Nuestra cuenca minera, que pasa por Orbó y por Mudá, por Cantamuda y Santibáñez, se está quedando seca, expuesta a la mentira de quienes especulando nos destruyen también la única y verdadera riqueza que siempre nos avaló: el paisaje.

Después de tanta sangre derramada dentro, y tanto minero silicoso fuera, vinieron dos hombres con dos máquinas y dejaron en la más aborrecible destrucción los montes cercanos a Barruelo, a Lores, el Campo y Casavegas, sin preocuparse de alisar los terrenos como en su día prometieron a los pueblos.

Escribo esto indignado, sabiéndome impotente ante tanta injusticia. Y me siento malo, malísimo, enfermo, muy enfermo, porque compruebo que en esta tierra sólo crecen los especuladores mientras duermen la siesta aquellos en quienes delegamos los poderes.


© Froilán De Lózar para "El Norte de Castilla"
19 Enero, 1993


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