Desde abajo con fuerza

En este país de variedades, no podía faltar el maleficio. La Montaña Palentina ha dado sobradas muestras de ocultismo a primeros de siglo, cuando su población alcanzó techo. Quienes somos felices reproduciendo historias, o aquellos que viven de contarlas, tenemos motivos para creer en lo fantástico, para detenernos en preguntas e, incluso, para dudar muchas veces sobre la necesidad de publicarlas.




Es obvio que todo ayuda a conocer mejor el engranaje de la vida en estas comarcas. Si ahora mismo, en 1993, nos limitásemos a contar lo que vemos, lo que se palpa en el ambiente de estos núcleos, nos ahogaría el pesimismo. Es cierto que uno debe situarse siempre en lo más escabroso, debe exagerar la situación real. Por ejemplo: la población rural se muere o, los pueblos se acaban. Y a partir de ahí comenzar a situarse en la verdad. Tenemos una línea de autobuses, tenemos las calles asfaltadas, tenemos Matadero Municipal, tenemos, en fin, ganas tremendas de mejorar...

Algo se mueve, lentamente. Salinas de Pisuerga tiene ayuntamiento nuevo; San Salvador de Cantamuda, desde donde se rige la comarca perniana, lo está llevando al centro del pueblo, también nuevo. Hace sólo veinte años eran llamados los vecinos a huebra para palear la nieve, lo que ahora mismo evita la máquina que en su día adquirió el ayuntamiento.

Una familia optimista ha levantado un hotel en Triollo. Son pequeños pasos, dados en muchas ocasiones a ciegas, con escasos medios, con recursos humanos limitados. Eso no va a impedir que los pueblos sigan cayendo. hasta quedar reducidos a dos o tres vecinos, como en Los Llazos, Casavegas, Verdeña, San Felices o Rebanal de las Llantas... Son pasos dados a caballo de la necesidad. Cualquier fórmula es buena aunque después no sirva al efecto para el que fue creada. Cualquier momento es hermoso en estos lugares, a pesar de todo el sufrimiento que se arrastre, de la angustia que el silencio provoque. Situándonos en la misma intemperie y mirando hacia adelante, hacia la vida de aquellos familiares y vecinos que como nosotros se recrean y sufren por parecidas situaciones, no cabe duda que encontraremos la salida, una salida.

Del exterior va a venir poco, si acaso, estemos vigilantes para que no nos quiten lo que hemos logrado a base de sacrificio. Se trata de la vida de muchos pueblos que, frente a las numerosas cantidades de olvido que soportan, como hormigas se arman de paciencia y van tejiendo su capa protectora.

También debo decirlo. Al menos lo concibo así en este momento. ¿Qué clase de lucha les vamos a pedir a los ancianos? ¿Qué métodos pacíficos van a cambiar la postura de unas autoridades castellanas tan lejos de estas tierras? ¿Cuántos jóvenes se requieren para que sus gritos de auxilio hagan volver la cara a quienes rigen los destinos del pueblo?.

Pero compruebo, repasando este artículo, que me he alejado de la historia de maleficio que me había propuesto. Otro día se lo cuento.


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