Pablo, el de Alba

Un amigo de la infancia y paisano que trabaja en Palma de Mallorca, fue el primero en notificármelo: "El País", en la sección de cartas al director, ha publicado una carta de un vecino de Alba".



Ya el boletín "Sementera", que edita la iglesia en el mundo rural, se hacia eco del mismo lamento con un título corto pero sugerente: "Pedro no, ... Pablo". Al mismo tiempo que la protesta se iba abriendo camino en otros medios, el Grupo Izquierda Unida de Velilla, pedía en un comunicado la inmediata escolarización de un niño de Alba de los Cardaños. No es momento propicio para preguntar dónde se encontraban el resto de las fuerzas políticas que no mediaron en el asunto, cuando desde esta coalicción se hacía constar que se pediría incluso la dimisión del director provincial de Educación, si no era capaz de hacer cumplir el derecho al que se alude en la Constitución. Se lo recuerdo para que no se les olvide nunca.

El mundo es un pañuelo, Valentín Prieto Alonso, el padre de Pablo, que conoce ya la historia del olvido rural desde la niñez, sufre hoy en propia carne "la discriminación que supone vivir en un pueblo dejado de la Administración". Valentín estudió conmigo en Valladolid, en el mismo cólegio, en el mismo Instituto de Portillo, en la misma clase, y mira tú por donde la vida nos coloca de alguna manera entre lo incomprensible y la belleza. Estos gritos lejanos son como pequeñas compensaciones a una batalla que llevo en solitario.

Valentín, en una carta más bien corta pero directa, dice en voz alta lo que la mayoría no se atreve a decir. No tiene nada que perder, al contrario, es su hijo y entiendo su impotencia, pero no es un caso aislado, desgraciadamente. Lo que le ocurre a Pablo les ha ocurrido antes a medio centenar de familias que han tenido que recurrir a medios propios si querían darle una educación a sus hijos pequeños. Yo también creo que 312.000 pesetas no es una cantidad para que la Administración se ande en zarandajas. ¿Cuántos parlamentarios cobran dietas millonarias al año sin hacer uso de ellas? ¿Cuánto dinero se derrocha injustamente en proyectos que fracasan? Hace doce años, en este mismo diario, recordaba yo unas frases pronunciadas por Lola Villar en Polentinos, que servirían muy bien para el momento presente: " ... gritar la rebeldía solidaria con ese pueblo y tantos otros que ven, como sus hijos, desde los primeros grados escolares son transportados en pos de la cultura, que dicen; del progreso, que aseguran, para vivir cinco días a la semana lejos de sus padres, de su gente ... ¿será esa la función de la escuela? La que les desarraiga de su tierra, de su lodo, de su sol, y si no se aprende a amar en la niñez a la tierra, la nieve y el sol de nuestro pueblo, mal podrá después acercarse nadie a fundir la vida en sus raíces".

Todo va bien -decimos. No pasa nada -queremos insistir.

Los pueblos crecen, se pone de moda lo rural, bla, bla, bla ... llega el otoño y se cierra una escuela, la de Pablo, y se cuestiona la enseñanza de un niño que crece en el olvido de una tierra abocada a la muerte. Mañana mismo, mi amigo Valentín se empezará a cuestionar el futuro en Alba de los Cardaños, ante la falta de respuesta eficaz y solidaria de la Administración y de la gente, pero seguramente que todos o casi todos reconocen que tiene toda la razón del mundo cuando dice que: cualquier asentamiento en cualquier remoto lugar de Alaska está, seguramente, mejor atendido socialmente de lo que pueda estarlo una familia que viva como tú en un pueblo de montaña".

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