Entre el cielo y la tierra

Hay paisajes que son la memoria de nuestra tierra, que evocan otros tiempos, otras voces. Cierro los ojos y puedo recordar una por una las montañas que me rodean en un lento giro de 360º, los collados, las sendas que llevan a sus cimas, los pastos ahora dorados donde sestea el ganado y que disputan el ocre a los robles y compiten con el rojo de las hayas. Puedo escuchar el eco de la voz del Pisuerga, ahora pausado y agotado por el estío, que en primavera fluye poderoso e intratable con el brío de las aguas del deshielo que alimenta la nieve de las cumbres.


Hay paisajes que son las voces olvidadas de quienes amaron nuestra montaña, la respetaron y legaron a sus hijos, y estos a los suyos y así hasta que  esta se funda con el cielo en un paisaje único, casi onírico de cielos azules y nubes glaucas o tenebrosas,  de piedra caliza vestida de líquenes añejos, de bosques que esconden el milagro de la Vida con mayúsculas, porque nuestra Montaña Palentina es Vida y está viva. Justo ahí, entre un cielo amenazador que la contempla desde arriba  y la fértil tierra que la cobija.

© Margarita Marcos
© Gemma Marcos

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